Solemnidad de Jesucristo, Rey Del Universo

Solemnidad de Jesucristo, Rey Del Universo

Solemnidad de Jesucristo, Rey Del Universo

 

Benedicto XVI

Fe y espiritualidad

Lectura del santo evangelio según san Lucas

Lc 23, 35-43

Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido».

También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: «Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le reclamaba, indignado: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho». Y le decía a Jesús: «Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí». Jesús le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso».

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta de institución relativamente reciente, pero que tiene profundas raíces bíblicas y teológicas. El título de «rey», referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión «rey de Israel» y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. En el centro de este itinerario de revelación de la realeza de Jesucristo está, una vez más, el misterio de su muerte y resurrección. Cuando crucificaron a Jesús, los sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: «Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él» (Mt 27, 42). En realidad, precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo paradójico de su realeza, que consiste en la voluntad de amor de Dios Padre por encima de la desobediencia del pecado. Precisamente ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio de expiación Jesús se convierte en el Rey del universo, como declarará él mismo al aparecerse a los Apóstoles después de la resurrección: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.» (Mt 28, 18).

Pero, ¿en qué consiste el «poder» de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino «para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su «bandera», según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.

Queridos hermanos y hermanas, cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre (cf. Lc 1, 32-33). Y la Virgen santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia.

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 22 de noviembre de 2009

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Testimonio de Ulises Domínguez Contreras

Testimonio de Ulises Domínguez Contreras

«En el corazón de mi madre la iglesia yo quiero ser el amor»

(Santa Teresita del Niño Jesús))

 

Ulises Domínguez Contreras

Vocación

Hola, me da mucho gusto escribir para ustedes y poder compartirles un poco de cómo ha sido este proceso de seguir al Señor.

Mi nombre es Ulises Domínguez Contreras y tengo la edad de 19 años. Actualmente estoy cursando el primer año de la etapa discipular, mejor conocida como la etapa de filosofía. Esta etapa tiene como finalidad, como su nombre ya nos da una primera idea, hacernos discípulos del Señor Jesús.

Soy originario del municipio de Teocaltiche, que forma parte de la hermosa zona altos norte, perteneciente al vecino estado de Jalisco. Vivo en la cabecera municipal y soy feligrés de la parroquia de San Miguel Arcángel.

“yo quiero ser el pulso que da vida al cuerpo místico, y hacer llegar la sangre de Jesús a cada miembro, porque en el corazón de mi madre la Iglesia yo quiero ser el amor, así puedo serlo todo” (Santa Teresita del Niño Jesús)

Creo que mi deseo de ser sacerdote nace por varias razones, quisiera resaltar tres que considero son las que más influyeron para que tomara esta decisión.

La primera de ellas es la religiosidad que profesa la mayoría de mi familia. Desde pequeños a mis padres les fue transmitida la fe católica, especialmente por parte de mis dos abuelas, y que a su tiempo también a mí me fue transmitida. Al ver a mis familiares desempeñándose en algún movimiento, pastoral o grupo de la parroquia (Adoración Nocturna, Lectores, ministros de la comunión, Cenáculos de la divina voluntad, Franciscanos terciaros, etc.) despertó en mí el interés por las cosas de Dios. Pero también en su fe particular, como el rezo del rosario, la devoción a los santos o la asistencia constante de misa

La segunda, fue la responsabilidad de mis padres en mi formación en la fe. Cumplida la edad mínima para entrar a la catequesis infantil, mi madre me inscribió para comenzar la formación inicial. Mis padres siempre se mantuvieron muy al pendiente de todas las disposiciones que en el catecismo se iban suscitando, y ha esto me refiero a la constancia de llevarme a mis clases, de asistir a las evangelizaciones en los tiempos litúrgicos fuertes, mi asistencia a misa dominical, kermeses y otras actividades, todas estas acciones me ayudaron a conocer y a querer más mi fe.

Y, por último, un gusto personal por las cosas sacras. Desde que tengo memoria me han gustado mucho las campanas, también hacía pequeños altares con manteles y los santos que encontraba en la casa, y no podía faltar, jugaba a dar misa. Todo esto fue un incentivo para acercarme a la iglesia y a Dios. A la edad de 10 años me invitaron a pertenecer al grupo de monaguillos parroquial, y sin pensarlo, acepté de inmediato. y este último paso fue de gran importancia, puesto que pude convivir con muchos sacerdotes y eso me motiva bastante.

Nunca tuve un acompañamiento vocacional formal por ningún sacerdote, pero siendo monaguillo pude ver y estar con muchos sacerdotes que con su ejemplo me iban sembrando en mí la inquietud de ser como ellos. Recuerdo con agrado a los padres Leobardo Esparza Lara, José Alejandro Serna Pérez, Luis Enrique Contreras de Anda, y Emmanuel López Romo, cada uno de ellos desempeñando su diaconado en la parroquia. Y especialmente a los padres Gerónimo Palacios Bernal, Ernesto Maldonado Ramírez, Oscar Flores García y al padre Arturo Flores Macías, mi actual párroco, por su forma ejemplar de vida sacerdotal.

Yo aconsejaría a todos los jóvenes que tienen inquietud vocacional, que no se crean lo que los demás cuentan acerca del seminario, que no dejen que los demás les platiquen falsedades y prejuicios acerca de la formación al sacerdocio, que vengan y experimenten por ellos mismos y que así puedan decirle al Señor, “Señor yo te conocía de oídas, ahora te conozco en persona”.

Tengo tres devociones personales, la primera es a San José, quien fue mi primer patrono al entrar al Seminario, a San Juan María Vianey a quien admiro mucho, y a la Sagrada Familia, las tres personas más santas que han pisado la tierra.

Me ha ayudado sobremanera todo el acompañamiento de mis padres superiores, que me ayudan a seguir creciendo en mi vida humana y espiritual, así como todos los medios que nos facilita el seminario en todas las 4 áreas de formación integral de la persona.

Domingo XXX del Tiempo Ordinario

Domingo XXX del Tiempo Ordinario

Domingo XXX del tiempo ordinario

 

Sem. José Emiliano Martínez.

Fe y espiritualidad

Lectura del santo evangelio según San Lucas

Lc 18, 9-14

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que s tenían por justos y despreciaban a los demás:

«Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’.

El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’.

Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

Todos tenemos necesidad de transformación interior, de volver nuestro rostro a Dios. Durante nuestra vida, nosotros también nos comportamos algunas veces como el publicano o como el fariseo. En ambas situaciones, tenemos necesidad de poner los ojos en Dios y reconocer lo que de verdad somos; Él sí nos conoce y sabe de qué barro estamos hechos. Esta cuaresma es una nueva invitación que nos hace a fijarnos en Él, en dejar de lado todo lo que nos distancia de su presencia. Con un corazón humilde acudamos a su presencia y renovémosle nuestro amor, pidamos perdón por nuestras faltas y ofrezcámonos a ser cirineos en el camino al calvario, para alivianar la carga de Jesús.

La humildad, la sencillez, la docilidad al Espíritu Santo son esenciales para abrir el corazón de Cristo. A los hombres nos gusta que nos aprecien, que nos estimen, que nos tomen en cuenta, que nos amen. Buscamos llamar la atención de quien nos rodea, de quien queremos que nos ame. ¿No queremos de igual forma llamar la atención de Cristo? ¿No queremos que Cristo nos vea y nos manifieste su amor? Pues estas virtudes serán el motivo para que Dios pose su mirada en nosotros. Siempre lo hace, pero si nos esforzamos en vivir estas virtudes lo hará de manera especial.

Por el contrario, la soberbia, el orgullo, la vanidad nacen del egoísmo y lo que parecería oración no es otra cosa más que alabanza a nosotros mismos. Come el fariseo que agradecía a Dios no ser como los demás hombres porque no cometía sus mismos errores y pecados que ellos.

Los dos hombres estaban en oración, pero qué oraciones tan distintas. Una hecha con presunción personal y la otra con humildad, con el corazón triste por haber fallado a Dios.

¿Quiere decir entonces que para hacer buena oración forzosamente debemos golpearnos el pecho y debamos hacer exámenes personales de autocrítica, rayando casi con un pesimismo?

Seguramente Cristo no quiere esto. Él más bien nos pide que como niños nos acerquemos a su corazón reconociendo las cualidades que nos ha dado, pero tan bien con la humildad necesaria para reconocer nuestras faltas. Recordemos lo que dice el Catecismo respecto a la oración, dice que la piedad de la oración no está en la cantidad de las palabras sino en el fervor de nuestra alma.

Pidamos a Cristo que nos enseñe a orar con espíritu humilde y sencillo como el publicano que el evangelio nos presenta el día de hoy.

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Testimonio de Antonio Guadalupe de la Rosa Morales

Testimonio de Antonio Guadalupe de la Rosa Morales

«A Jesús,
dueño de todo, le entregó mi vida…»

 

Antonio Guadalupe de la Rosa Morales

Vocación

Mi nombre es Antonio Guadalupe de la Rosa Morales tengo diecinueve años y estoy en
primer año de la etapa disipular. Soy originario de Aguascalientes, Ags., México; de la
capellanía de San Ignacio de Loyola. Quiero resumir mi vocación en esta frase: “A Jesús,
dueño de todo, le entregó mi vida para que la convierta en el instrumento que lleva la
alegría del evangelio a quien lo necesite”.
Mi deseo de ser sacerdote nace cuando era pequeño mientras era monaguillo, pero
conforme fui creciendo también fui olvidando esta inquietud. Durante el tiempo de la
secundaria y la preparatoria deje de participar en la pastoral de mi capellania, limitándome
a sólo asistir a Misa los domingos. Fue hasta la muerte de mi abuelita (un momento difícil)
dónde me di cuanta que en Jesús esta mi fortaleza, comencé por asistir a Misa entre
semana, después participé de un visiteo en mi capellania y así me fui involucrado en los
grupos de pastoral. Es ahí en donde me doy cuenta de la necesidad qué hay de más
sacerdotes y y surge de nuevo la inquietud por la vida sacerdotal.

Pero el llamado lo sentí con más intensidad cuando el sacerdote de mi capellanía (P. Luis
Alberto González Quezada) me pregunta si me he sentido interesado por entrar al
seminario, al responder que si, él me comenzó a platicar del seminario y sobre la vida de un
sacerdote, durante meses él fue un gran apoyo en mi discernimiento. De igual manera, mi
familia ha sido un gran pilar que me ayuda a estar en el seminario, sus oraciones y
motivaciones son muy importantes para mí porque me hacen sentir confiado. También es
muy grato ver cómo amigos y conocidos comparten esta alegría con migo. Estoy agradecido
con Dios por todo esto.
¿Qué le digo a un joven con inquietud de ser Sacerdote? Que sea valiente, el Señor quiere
hacer de nuestra vida algo grande, quiere que participemos de su obra con Él, y esta alegría,
la alegría de sentirse elegido por Jesús, no tienen comparación a los placeres que el mundo
ofrece.

Santa María de Guadalupe, San José, San Ignacio de Loyola, Santa María Faustina Kowalska,
el Beato Carlos Acutis, entre otros más: son grandes santos de mi devoción que me han
ayudado en el camino de discernimiento que he emprendido, también pido que ellos
intercedan por los sacerdotes y los futuros sacerdotes.
En mi vida humana y espiritual me ayuda la Eucaristía de todos los días, los diferentes
espacios y tiempos que el seminario ofrece para hacer oración, convivir con los mismos
amigos seminaristas, para el estudio y pasar tiempo con las personas en el apostolado.

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

Domingo XXVIII del tiempo ordinario

Domingo XXVIII del tiempo ordinario

 

Benedicto XVI

Fe y espiritualidad

Lectura del santo Evangelio según San Lucas

Lc 17, 11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

El evangelio de este domingo presenta a Jesús que cura a diez leprosos, de los cuales  sólo  uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve a darle las gracias (cf. Lc  17,  11-19).  El Señor le dice:  «Levántate, vete:  tu fe te ha salvado» (Lc 17, 19). Esta página evangélica nos invita a una doble reflexión.

Ante todo, nos permite pensar en dos grados de curación:  uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el «corazón», y desde allí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la «salvación». Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre «salud» y «salvación», nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva.

Además, aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión:  «Tu fe te ha salvado». Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra:  «gracias»!

Jesús cura a los diez enfermos de lepra, enfermedad en aquel tiempo considerada una «impureza contagiosa» que exigía una purificación ritual (cf. Lv 14, 1-37). En verdad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia. Esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es Amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal.

Por la Virtud.

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