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FELIZ Y CONTENTO

FELIZ Y CONTENTO

testimonio vocacional

pbro. josé ángel márquez gonzález

dios

nos llama a la vida

Me bautizaron con el nombre de José Ángel Márquez González, nací el 20 de marzo de 1970 en Teocaltiche, Jalisco. Ingresé al Seminario Diocesano cuando tenía 15 años, un día 5 de septiembre de 1985, a las cinco de la tarde. Yo quería ser sacerdote, no puedo identificar el momento preciso en que el Señor me llamó, pero Él se manifestó en mi vida de muchas formas y maneras;

y durante mi vida de seminario me fue dando las herramientas necesarias para ir respondiendo a las obligaciones de la misma formación en un constante discernimiento para entregar la vida. Durante el seminario eran y son para mí un gran ejemplo y testimonio todos los formadores que me acompañaron en mi proceso vocacional.

experiencia de

mi vocación

mi mejor regalo, el sacerdocio

Cuando yo entraba en crisis de querer dejar el seminario y optar por otra vida me era suficiente ver a mis maestros y formadores, porque yo decía: si ellos que son tan inteligentes y capaces han optado en su vida por el sacerdocio eso es signo de que es lo mejor que Dios le puede regalar al ser humano, la gracia de traer a este mundo su Cuerpo y su Sangre, como alimento para la humanidad, no hay regalo más grande que éste, la presencia de Nuestro Señor en la Santa Eucaristía. Ya lo dijo San Juan Pablo II: “la Iglesia vive de la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia; y el sacerdote y la Eucaristía, viven íntimamente en el misterio de la contemplación”.

Me consagré Diácono en mayo de 1996, desempeñé mi ministerio en la parroquia de la Sagrada Familia de Encarnación de Díaz, Jalisco. Me ordené sacerdote el 6 de junio de 1996, de manera que el Señor me ha sostenido durante estos ya casi 25 años de ministerio. He sido destinado cuatro años de mi vida recién ordenado a la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Pabellón de Arteaga, mi Señor cura fue el Padre Salvador Salas Obregón, luego fui destinado a la Parroquia de San Leonardo Murialdo, durante 12 años, ahí aprendí a

ser párroco, bueno ahí comencé porque nunca dejas de aprender, tengo muchas historias en torno a mi parroquia, porque yo era inexperto, pero ese es un signo de que es Dios quien siempre ha sostenido mi vida. Luego fui destinado a la parroquia de Santa María Reina, Cd; durante 5 años como párroco y estando yo tranquilo y sereno como párroco y decano es cuando el Señor me sorprende y me llaman a desempeñar mi ministerio en el Seminario como prefecto de Disciplina en la etapa discipular o filosófica y aquí estoy feliz y contento ya casi cumpliendo cuatro años acompañando a los muchachos y siendo capellán del convento de las Carmelitas descalzas.

feliz y contento

parroquias
  en mi ministerio

San Leonardo Murialdo

Misiones en Tabasco

Santa María Reina

Nuestra Señora de Guadalupe

vida en el seminario

Todos tenemos experiencias extraordinarias en la vida de formación dentro del seminario; cada uno descubre a Dios en cada uno de esos momentos de grandeza que jamás se volverán a repetir.

ordenación diaconal

Entregados al Señor en su servicio al pueblo.

ordenación presbiteral

Ofreciendo nuestra vida para salvación de todos.

experiencia de dios

Compartiendo lo más importante con mis alumnos, la Eucaristía.

compartiendo la vida

Se celebra con alegría y algazara lo que Dios nos da.

Paseo de integración

Alumnos del seminario paseando en la Sierra Fría.

llegamos sin conocernos

VIVIMOS SIN AMARNOS Y MORIMOS SIN LLORARNOS

I DOMINGO DE CUARESMA

I DOMINGO DE CUARESMA

Homilía

I DOMINGO DE CUARESMA

¡CONVIERTANSE POR QUE EL REINO DE DIOS ESTA YA CERCA!

¿Porqué va Cristo al desierto? El desierto es el lugar del silencio, la soledad, la austeridad, el ayuno y el encuentro con Dios. El desierto, es el tiempo de la verdad, lugar del amor más profundo, la memoria de la alianza de fidelidad. Cristo nos demuestra que la tentación puede ser vencida, la victoria tiene un costo alto, pero todos podemos pagarlo cuando dejamos de dudar y confiamos totalmente en Él.

    

En nuestra vida también hay desiertos, la soledad, la tribulación, la enfermedad, la traición, la pobreza inesperada, los tiempos difíciles muestran lo qué hay en nuestro corazón. La realidad de lo estamos hechos se conoce en tiempos de incertidumbre, el corazón se desnuda en el desierto, nos despoja de las certezas, de apoyos, de apariencias y fachadas. El desierto nos conduce a la verdad. Es un recorrido con sufrimiento, pero siempre nos lleva a la gloria si somos persistentes.

 

La verdad del corazón de Cristo se rebela en el desierto, porque Cristo tiene desierto en el inicio de su misión y vence la tentación, y después en la cruz, el trono de su victoria, y en ambos momentos aparece la verdad de su corazón, el amor hasta el extremo por la humanidad. En el desierto, surge el amor persistente de Dios. El amor de Jesucristo se renueva en el momento de mayor tribulación, cuando estamos en medio de una crisis, podemos saborear la fidelidad del amor de Dios.

“Señor, enseñame tus caminos, intrúyeme en tus sendas”

PBRO. HERIBERTO GARCÍA ARIAS

Sacerdote de la Diócesis de San Juan de los Lagos

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

Homilía

VI DOMINGO, TIEMPO ORDINARIO

¡SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME!

En el Evangelio de hoy, san Marcos nos presenta a Jesús, sanando a un leproso. Este acontecimiento debió impresionar tanto a los apóstoles, que los tres Sinópticos lo relatan. A diferencia de san Marcos y san Mateo, san Lucas nos ambienta la escena en un pueblo, en una ciudad; cosa extraña, porque en el mundo judío el leproso estaba excluido de la comunidad, como dice el libro del Levítico. En este caso, el leproso debió haber escuchado las obras extraordinarias que Jesús realizaba; y buscó la ocasión para encontrarse personalmente con Él. Además, san Lucas recalca que el leproso estaba cubierto de lepra.Un dato interesante en este pasaje está en la manera como se llevó a cabo el milagro. De modo inusual, es el leproso quien pide a Jesús la salud: “Si quieres, puedes limpiarme”.

    

Es el leproso quien toma la iniciativa: busca al Maestro, se arrodilla y le pide con fe la sanación de su cuerpo. Jesús simplemente corresponde a este gran acto de fe con compasión: “Quiero: queda limpio”. Y habiendo sido tocado, el leproso se vio limpio de la lepra. Con esta acción milagrosa, Jesús se revela como el verdadero Mesías, que actúa con el poder de Dios, dando cumplimiento al tiempo mesiánico, caracterizado por la intervención de Dios en su pueblo: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7, 22).

En el tiempo de Jesús, la lepra era una enfermedad grave, incurable, que tenía el significado de un castigo divino, como consecuencia del pecado del leproso o de un pariente de él. Por esta razón, un leproso no podía integrarse a la sociedad ni participaba del culto divino. Pero Jesús, el Ungido de Dios, con el poder del Espíritu Santo, teniendo plena conciencia de haber sido enviado a perdonar a los pecadores y a sanar a los enfermos, realiza su misión restituyendo al leproso no sólo la salud corporal, sino también dándole una vida nueva.

    

En el lugar del leproso, podemos estar ahora nosotros, por el pecado que nos tiene esclavizados, lejos de Dios, privados de los sacramentos de la Nueva Alianza y apartados de la comunidad eclesial. El pecado, como todos lo sabemos, es más grave que cualquier enfermedad; incluso el pecado venial, porque nos aparta de Dios y de la Iglesia y nos provoca la muerte eterna.

Como hombres pecadores, las virtudes del leproso que nos muestra el Evangelio — como son: vivir en la verdad, porque solamente así reconocemos a Jesús como el Hijo de Dios; la humildad, que nos hace arrodillarnos ante la majestad de Dios; y la sinceridad, para confesarnos pecadores—; estas virtudes, repetimos, nos son indispensables para recibir la salud que viene de Dios.

“QUIERO; QUEDA LIMPIO”

Jesús vino a dar plenitud a la Ley de Moisés, manifestando con signos concretos el amor de Dios por el hombre. Hizo posible al hombre la comunión con Dios a través de los sacramentos que instituyó en su Iglesia, cuya eficacia santificadora, sanadora, purificadora y reconciliadora, anticipó en los milagros que obró en su ministerio terreno. Finalmente, Jesús respetó la institución sacerdotal: “Muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio” (Mc 1, 44).

El Salmo de hoy nos presenta a un hombre que, después de haber confesado su culpa, ha sido perdonado; y por eso, se alegra y se goza con Dios. Algo parecido ocurre en el Evangelio: el enfermo —el leproso— recibe la sanación tras haberla pedido. Nosotros, enfermos por el pecado, debemos imitarlo, buscando al sacerdote en la confesión, para liberarnos de la auténtica lepra mortal que se llama pecado y así poder participar de la Vida.

"Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro"

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

homilía

DOMINGO V Tiempo ordinario

07 de febrero del 2021

¡La tomó de la mano… y le curó la fiebre…!

     

El evangelio que acabamos de escuchar comienza con un episodio muy simpático, muy hermoso, pero también lleno de significado. El Señor va a casa de Simón Pedro y Andrés, y encuentra enferma con fiebre a la suegra de Pedro; la toma de la mano, la levanta y la mujer se cura y se pone a servir. En este episodio aparece simbólicamente toda la misión de Jesús. Jesús, viniendo del Padre, llega a la casa de la humanidad, a nuestra tierra, y encuentra una humanidad enferma, enferma de fiebre, de la fiebre de las ideologías, las idolatrías, el olvido de Dios. El Señor nos da su mano, nos levanta y nos cura. Y lo hace en todos los siglos; nos toma de la mano con su palabra, y así disipa la niebla de las ideologías, de las idolatrías. Nos toma de la mano en los sacramentos, nos cura de la fiebre de nuestras pasiones y de nuestros pecados mediante la absolución en el sacramento de la Reconciliación. Nos da la capacidad de levantarnos, de estar de pie delante de Dios y delante de los hombres. Y precisamente con este contenido de la liturgia dominical el Señor se encuentra con nosotros, nos toma de la mano, nos levanta y nos cura siempre de nuevo con el don de su palabra, con el don de sí mismo.

“NOS DA LA CAPACIDAD DE LAVANTARNOS”

Pero también la segunda parte de este episodio es importante; esta mujer, recién curada, se pone a servirlos, dice el evangelio. Inmediatamente comienza a trabajar, a estar a disposición de los demás, y así se convierte en representación de tantas buenas mujeres, madres, abuelas, mujeres de diversas profesiones, que están disponibles, se levantan y sirven, y son el alma de la familia, el alma de la parroquia. Ésta disposición mucho tiene que decirnos a todos, pues no se queda ella mirando o con cierta indiferencia, sino que no duda en ponerse en servicio. Es consciente de que la presencia de Jesús ha traído para su vida una gran bendición. La anhelada salud. Que en estos tiempos tan complicados para la humanidad pedimos también a Jesús.

Jesús duerme en casa de Pedro, pero a primeras horas de la mañana, cuando todavía reina la oscuridad, se levanta, sale, busca un lugar desierto y se pone a orar. Hace un esfuerzo muy grande para tener el tiempo y el ambiente apropiado para rezar. 

Se levanta antes que los otros, para poder estar a solas con Dios. A través de la oración, él mantiene viva en sí la conciencia de su misión. Aquí aparece el verdadero centro del misterio de Jesús. Hablar con el Padre; esta es la fuente y el centro de todas las actividades de Jesús; vemos cómo su predicación, las curaciones, los milagros y, por último, la Pasión salen de este centro, de su ser con el Padre. Y así este evangelio nos enseña el centro de la fe y de nuestra vida, es decir, la primacía de Dios. El centro de su anuncio es el reino de Dios, o sea, Dios como fuente y centro de nuestra vida, y nos dice: sólo Dios es la redención del hombre.

Jesús no ha venido para ser servido, sino para servir. La suegra de Pedro empieza a servir. Yo, ¿hago de mi vida un servicio a Dios y a los hermanos y hermanas? Jesús mantenía viva la conciencia de su misión mediante la oración. ¿Y mi oración?

En éste primer domingo del mes de febrero, recordamos también la importancia que el Seminario Diocesano tiene para nuestra diócesis y tomamos conciencia hoy, más que nunca de la necesidad de sacerdotes santos y la certeza de que Dios sigue llamando a jóvenes que quieran entregar su vida en servicio a los hombres, sus hermanos. Por eso es que este mes como familia diocesana pedimos incrementar su oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas, confiando en que Dios, mandará para su mies los sacerdotes que nos lleven al encuentro con Él.

Yo, ¿hago de mi vida un servicio a Dios y a los hermanos y hermanas?  ¿Y mi oración?

“Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro”