homilía

DOMINGO XXXIII Tiempo ordinario

15 de noviembre del 2020

¡fructificar los dones espirituales recibidos de él!

Hoy, se nos invita a reflexionar sobre la parábola de los talentos. Por desgracia en el pasado el significado de esta parábola ha sido habitualmente tergiversado, o al menos muy reducido. Cuando escuchamos hablar de los talentos, pensamos en seguida en las dotes naturales de inteligencia, belleza, fuerza, capacidades artísticas. La metáfora se usa para hablar de actores, cantantes, cómicos… El uso no es del todo equivocado, pero sí secundario. Jesús no pretendía hablar de la obligación de desarrollar las dotes naturales de cada uno, sino de hacer fructificar los dones espirituales recibidos de él. A desarrollar las dotes naturales, ya nos empuja la naturaleza, la ambición, la sed de ganancia. A veces, al contrario, es necesario poner freno a esta tendencia de hacer valer los talentos propios porque puede convertirse fácilmente en afán por hacer carrera y por imponerse a los demás.

 

“En algunos casos los talentos producen el sesenta por ciento, en otros en cambio se queda entre las espinas, o se lo comen los pájaros del cielo”

  Los talentos de los que habla Jesús son la Palabra de Dios, la fe, en una palabra, el reino que ha anunciado. En este sentido la parábola de los talentos conecta con la del sembrador. A la suerte diversa de la semilla que él ha echado -que en algunos casos produce el sesenta por ciento, en otros en cambio se queda entre las espinas, o se lo comen los pájaros del cielo-, corresponde aquí la diferente ganancia realizada con los talentos.

  Los talentos son, para nosotros cristianos de hoy, la fe y los sacramentos que hemos recibido. La palabra nos obliga a hacer un examen de conciencia: ¿qué uso estamos haciendo de estos talentos? ¿Nos parecemos al siervo que los hace fructificar o al que los entierra? Para muchos el propio bautismo es verdaderamente un talento enterrado. Yo lo comparo a un paquete regalo que uno ha recibido por Navidad y que ha sido olvidado en un rincón, sin haberlo nunca abierto o tirado.

Los frutos de los talentos naturales acaban con nosotros, o como mucho pasan a los herederos; los frutos de los talentos espirituales nos siguen a la vida eterna y un día nos valdrán la aprobación del Juez divino: “Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre lo mucho: toma parte en el gozo de tu señor”.

   Pongamos al servicio de nuestros hermanos, los talentos que tenemos cada uno para así edificar el reino de Dios aqui en la tierra, aprendamos también a valorar a cada persona, pues cada una vale y vale mucho cada persona tiene una gran riqueza que puede servir de apoyo en nuestra sociedad, valoremos y ayudemos a nuestros hermanos sobre todo los más despreciados pues ellos tienen muchos talentos ocultos.

“QUE CADA UNO DISPONGA LOS DONES AL SERVICIO DE LOS DEMÁS.”

“Dichoso el que teme al Señor”

Padre Cantalemesa.