II Domingo de Cuaresma †

 

Mtro. Abel Díaz Rodríguez

Palabras de un Seminarista

Continuamos nuestro itinerario cuaresmal y con él queremos seguir afianzando nuestra disposición interior para responder al Señor, que no deja de interpelarnos. Cuaresma, ya lo sabemos, es un camino de conversión que implica un proceso transformador y liberador para quien se anima a atravesarlo. En este segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos presenta dos relatos significativos para nuestro camino de fe: el
sacrificio de Isaac por su padre Abraham y el de la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor. Eventos extraordinarios, pues no solo nos revelan la gloria divina, sino que también nos ofrece una poderosa reflexión sobre la importancia de la fe y la perseverancia durante los momentos difíciles de nuestra vida.

Dios pide a Abraham que sacrifique a su único hijo Isaac como una prueba de fe. La respuesta pronta de Abraham a esta prueba es un ejemplo poderoso de fe y obediencia. A medida que Abraham y su hijo suben al monte Moria, Isaac pregunta dónde está el cordero para el sacrificio. La respuesta de Abraham revela su fe: “Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío”. Aunque no sabía cómo, Abraham confiaba en que Dios proporcionaría una solución.

La Transfiguración ocurrió en un momento crucial en la vida de Jesús. Él estaba a punto de emprender el camino hacia la cruz, un camino lleno de sufrimiento y sacrificio. Sin embargo, en ese momento, Jesús permitió que sus discípulos contemplaran su verdadera naturaleza divina. Esto no solo fortaleció su fe, sino que también les dio la esperanza necesaria para enfrentar los desafíos que se avecinaban.

En nuestras propias vidas, enfrentamos momentos difíciles, pruebas y tribulaciones. Puede ser la pérdida de un ser querido, problemas financieros, dificultades en las relaciones o desafíos en la salud. En esos momentos, la fe se convierte en un faro de luz que nos guía a través de la oscuridad. La Transfiguración nos enseña que, incluso en medio de nuestras propias “cruces”, debemos recordar la realidad más profunda de nuestra existencia: estamos llamados a una vida de comunión con Dios.

La fe no elimina los desafíos, pero nos da la certeza de que no estamos solos en el camino. Al igual que Abraham e Isaac en el Monte Moria o los discípulos en el Monte Tabor, somos testigos de la gloria divina en medio de nuestras luchas. La fe nos conecta con la esperanza, y la esperanza nos da la fortaleza para seguir adelante.

La perseverancia, por otro lado, es esencial cuando enfrentamos momentos difíciles. No se trata simplemente de soportar las dificultades, sino de avanzar con determinación, confiando en que Dios está obrando incluso cuando no podemos verlo claramente.

La Transfiguración nos recuerda que, al final del camino, hay una gloria que supera toda imaginación. En este tiempo de Cuaresma, consideremos cómo podemos fortalecer nuestra fe y perseverancia. A través de la oración, la reflexión y la apertura a la gracia divina, podemos experimentar nuestra propia “transfiguración” interior. Que esta experiencia nos brinde la
esperanza y la fortaleza necesaria para enfrentar con valentía los desafíos de la vida, confiando en la promesa de que la luz de Dios brilla incluso en las situaciones más oscuras.

Por la Virtud.

Por la Fe.

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