«Te llevaré al desierto y te hablaré al corazón «.
DOMINGO I DE CUARESMA CICLO A
PBRO. PEDRO ANTONIO ARCEO LUNA
Vicario Parroquial Santa Eduviges, Profesor Seminario Diocesano
Homilía Dominical
La Cuaresma es un espacio privilegiado para el encuentro con Dios, que nace
de una profunda conversión del corazón. La liturgia de este primer domingo nos
recuerda que es necesario pasar por las tentaciones para fortalecer la voluntad y
sensibilizarnos a la presencia del Creador.
El Evangelio de San Mateo nos presenta a Jesús pasando hambre, después de
estar en el desierto en ayuno y oración. Es en este lugar donde Dios se hace
presente, donde se da un encuentro con Él, donde se forja la voluntad.
Jesús aprovecha su estancia en el desierto para orar y para ayunar: se está
preparando para el inicio de su vida pública y es necesario hacer una pausa para
disponerlo todo.
De la misma manera, la Cuaresma es para el cristiano lo que el desierto para
Jesús: el lugar privilegiado del encuentro con Dios para preparar el corazón,
para la oración, para el silencio; en definitiva, el desierto bíblico es el proceso
necesario para llegar a la Presencia de Dios con el corazón nuevo, es aquí donde
Dios se comunica, donde llama. Ya lo decía el profeta Oseas: “la llevaré a
desierto y le hablaré al corazón” (2,14).
El desierto es también el espacio para vencer las tentaciones ya que, si Dios está
con nosotros, es Él quien nos ayuda a purificarnos del mal. Jesús es tentado, sí,
pero Él reconoce su realidad y vence la tentación. El encuentro con su Padre en
esos días de oración le ayudan para salir victorioso de este mal.
Así, hemos de recordar que no vamos solos en el camino de la vida y que, con
Dios, es más fácil vencer las tentaciones. La tentación no es pecado, pero nos
puede orillar a este si le prestamos atención. Así mismo, la tentación es una
oportunidad de fortalecernos pues, cada vez que se vence, se crece.
La lección más grande sobre la tentación y el tentador que nos da Jesús es esta:
Con el diablo no se platica, con la tentación no se “coquetea”. Vemos a Jesús
tentado, sí, pero apenas y cruza palabra con el maligno, y se limita a responder
con la Palabra de Dios.
Si bien, el demonio conoce nuestros pecados y conoce la Palabra de Dios, no
hemos de olvidar que él es el padre de la mentira, y que querrá envolvernos para
hacernos caer en la tentación, como lo hiciera con Adán y Eva (Cfr. Gn 3, 1-7).
Pero con la gracia de Dios y con la voluntad firme de alejarnos de la tentación,
podremos evitar el pecado. Lo mejor que podemos hacer es que, ante la
tentación, huyamos.
Pidámosle a Dios la gracia de aprovechar el desierto cuaresmal, para que, con
nuestra oración y nuestras buenas prácticas, podamos vencer la tentación y, con
un corazón renovado, tengamos un auténtico encuentro con Cristo.
Por la Virtud.
Por la Fe.
Por la Doctrina.
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