“LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR”.
DOMINGO DE LA ASCENCIÓN DEL SEÑOR
CICLO A
MNTRO. HÉCTOR DANIEL ÁLVAREZ DE LUNA
3° ETAPA CONFIGURADORA
Homilía Dominical
Queridos lectores: Nos encontramos en la solemnidad de la Ascensión del Señor, la cual se sitúa cuarenta días después de la Resurrección. Quisiera compartir con ustedes algunas ideas, referentes a esta solemnidad:
Los primeros discípulos permanecen reunidos en el Cenáculo –en torno a la Madre de Jesús– en ferviente espera del don del Espíritu Santo prometido. En sus discursos de despedida, Jesús insistió mucho en la importancia de su «regreso al Padre», coronamiento de toda su misión. En efecto, vino al mundo para llevar al hombre a Dios, no en un plano ideal, sino realmente, como pastor que quiere llevar a las ovejas al redil. Este “éxodo” hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó totalmente por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios.
Precisamente por eso, el Padre se complació en Él y lo «exaltó». Restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre, el hombre en Dios. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que –como dice la Carta a los Hebreos– «en ella tenemos como una ancla de nuestra alma», una ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido… ¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto: una sólida ancla para su vida? He aquí nuevamente el sentido estupendo de la presencia de María en medio de nosotros: la Madre remite al Hijo, que ya no está físicamente entre nosotros, sino que nos espera en la casa del Padre. Jesús nos invita a no quedarnos mirando hacia lo alto, sino a estar juntos, unidos en la oración, para invocar el don del Espíritu Santo. En efecto, sólo a quien «nace de lo alto», es decir, del Espíritu Santo, se le abre la entrada en el reino de los cielos y la primera “nacida de lo alto” es precisamente la Virgen María.
El encuentro final entre Jesús y sus Apóstoles constituye el punto culminante
del evangelio de san Mateo. Es entonces cuando el Resucitado les confía la
ardua tarea de «hacer discípulos» de entre todos los pueblos. Así pues, que la
participación en estos santos misterios nos llene de renovado entusiasmo, por
cumplir la misión que Él nos ha encomendado.
[Sintetizado de: BXVI, Regina Coeli, 4-V-2008].
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