Domingo XXIII del Tiempo Ordinario Copiar

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Domingo XXIII del tiempo ordinario

 

Víctor Daniel Organista Esqueda

Fe y espiritualidad

«El que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo». Dice el Señor, en el Evangelio de este día (Lc 14, 25-33). En este pasaje donde Jesús era acompañado por una gran numero de personas Él se dirige a sus discípulos y con firmeza los exhorta e interpela a la renuncia completa a los bienes de este mundo para poder seguirle, para poder ser sus discípulos.

Así para poder ser discípulos, Jesús dice, que hemos de renunciar a nuestros padres, esposa, hijos y hermanos, en resumen; renunciar a sí mismo. Pues al estar desprendidos de todas estas cosas es que podemos entregarnos completamente a la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Parecieran duras las palabras del Señor, pero no son otra cosa, sino la preparación para con fortaleza cargar con las propias dificultades de la vida ordinaria y poder seguirle. Es decir, cargar nuestra propia cruz.

No son pocos los que piensan que, al estar haciendo las cosas de Dios, profesando nuestra fe y participando activamente de ella, se acabaran las dificultades. Pero no es así, pues Jesús con su cruz ha dado sentido nuevo a todo nuestro sufrimiento, con un fin salvífico.

Así, Jesús maestro y modelo de obediencia al Padre, nos hace llevar las adversidades de la propia vida a otro nivel más sublime. Seguirle no solo se compone de cosas superficialmente bellas, por el contrario, trasforma toda nuestra vida, pero al poner nuestra fe en Él es que podremos cargar con la propia cruz y seguirle con valentía.

Sería bueno preguntarnos: ¿Cómo estoy cargando mi cruz?, ¿Cuál es mi cruz y que contiene?, ¿Esto como me lleva a ser discípulo de Jesús?

Cargar nuestra cruz implica, sublimar con la fe, las diversas adversidades que, como ya lo mencionábamos, unidas a la pasión del Señor tomaran un nuevo sentido. Este es el tiempo propicio para confiar más en Jesús, para unir nuestra vida a la suya, y nuestra propia cruz, con todo lo que lleva (enfermedades, cansancio, preocupaciones, necesidades diversas, etc.) para que trasformadas con los ojos de la fe logren contagiar al mundo de esperanza y caridad con quienes aun no conocen el Evangelio.

Por la Virtud.

Por la Fe.

Por la Doctrina.

 

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Víctor Daniel Organista Esqueda

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«El que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo». Dice el Señor, en el Evangelio de este día (Lc 14, 25-33). En este pasaje donde Jesús era acompañado por una gran numero de personas Él se dirige a sus discípulos y con firmeza los exhorta e interpela a la renuncia completa a los bienes de este mundo para poder seguirle, para poder ser sus discípulos.

Así para poder ser discípulos, Jesús dice, que hemos de renunciar a nuestros padres, esposa, hijos y hermanos, en resumen; renunciar a sí mismo. Pues al estar desprendidos de todas estas cosas es que podemos entregarnos completamente a la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Parecieran duras las palabras del Señor, pero no son otra cosa, sino la preparación para con fortaleza cargar con las propias dificultades de la vida ordinaria y poder seguirle. Es decir, cargar nuestra propia cruz.

No son pocos los que piensan que, al estar haciendo las cosas de Dios, profesando nuestra fe y participando activamente de ella, se acabaran las dificultades. Pero no es así, pues Jesús con su cruz ha dado sentido nuevo a todo nuestro sufrimiento, con un fin salvífico.

Así, Jesús maestro y modelo de obediencia al Padre, nos hace llevar las adversidades de la propia vida a otro nivel más sublime. Seguirle no solo se compone de cosas superficialmente bellas, por el contrario, trasforma toda nuestra vida, pero al poner nuestra fe en Él es que podremos cargar con la propia cruz y seguirle con valentía.

Sería bueno preguntarnos: ¿Cómo estoy cargando mi cruz?, ¿Cuál es mi cruz y que contiene?, ¿Esto como me lleva a ser discípulo de Jesús?

Cargar nuestra cruz implica, sublimar con la fe, las diversas adversidades que, como ya lo mencionábamos, unidas a la pasión del Señor tomaran un nuevo sentido. Este es el tiempo propicio para confiar más en Jesús, para unir nuestra vida a la suya, y nuestra propia cruz, con todo lo que lleva (enfermedades, cansancio, preocupaciones, necesidades diversas, etc.) para que trasformadas con los ojos de la fe logren contagiar al mundo de esperanza y caridad con quienes aun no conocen el Evangelio.

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San José, el varón que alcanzó la santidad con la virtud de la prudencia

San José, el varón que alcanzó la santidad con la virtud de la prudencia

San José,

hombre prudente

 

Misael de Jesús González Villalpando

Fe y espiritualidad

 

Inmersos en el itinerario litúrgico, recordamos la figura del Patrono de la Iglesia universal.

Con propósito de expresar el valor de la vida de los santos, como ejemplo para todos los que buscamos llegar a Dios, estas celebraciones proclaman “el misterio pascual cumplido en ellos”. Es preciso recordar que “el objetivo de la veneración a los santos, es la gloria de Dios y la santificación del hombre, mediante una vida plenamente conforme a la voluntad divina y la imitación de las virtudes de aquellos que fueron discípulos eminentes del Señor”.

Ahora nos centramos en san José, un testigo de vida en la respuesta vocacional del llamado universal a la santidad. San José, fue parte de los momentos de la infancia del Señor. Estuvo presente en las primeras escenas de la vida terrena de Jesús, de las que nos dan testimonio los evangelistas. Además, instruyó a Jesús en la vida de los judios y le enseñó el oficio de carpintero.

Al principio, la reflexión en torno a este personaje evangélico no fue muy difundida, incluso hasta fue muy controversial. Fue hasta el Papa Pio ix al proclamarlo Patriarca de la Iglesia cuando los estudios teológicos le dieron un realce en el caminar de la Iglesia. Hubo de ser agregado en la liturgia y en la piedad, donde adquiere algunos títulos variados como patrono. Ahora, la veneración de san José tiene amplias y numerosas expresiones de genuino folclore establecidas al menos desde el siglo xvii. Las muestras en cuanto a la devoción a san José han ido en aumento hasta nuestros días. Vemos, por ejemplo, al Papa Francisco, que escribió una carta, Patris Corde, dedicada a la profunda meditación de su vida, con motivo de 150 aniversario de la declaración como Patrono de la Iglesia universal.

La vida del padre de Jesús deslumbra por su obediencia al plan de Salvación. José, era de una familia humilde de Nazaret, el relato evangélico es el narra su histórica procedencia, dicha Ciudad era considerada en una de las más humildes, con gente que se dedicaba al cultivo de olivos y uvas, con casas pobres que aprovechaban cuevas pequeñas para ampliar sus terrenos, con menos territorio, menos condiciones de trabajo, entre otras cosas. No eran de una ciudad famosa como “la Gran Ciudad de Jerusalén” que, para ese tiempo, había sido embellecida por Herodes El Grande.

Ahora habiendo enmarcado el panorama de la situación de vida de ese tiempo, pensemos en la elección: José fue elegido porque, a pesar de merecer la riqueza y la fama del pueblo de David, él se mantiene humilde y con una atención afanosa al plan salvífico. Esto es algo de la consistencia de la santidad de san José, en lo secreto, en la pobreza, pero eso sí, con una docilidad grande a captar la voluntad del Dios.

En el relato de la genealogía, José es necesario para el texto de Mateo en cuanto se desempeña como medio para que Jesús sea parte de la descendencia del Rey David. Cristo no nace en la familia de David porque halla sido producto del azar, sino que fue por la voluntad de Dios. No entra entonces como un agregado, sino que Dios eligió a José como padre del Niño Dios para que pueda ser “adoptado” en la familia de David, y, de este modo, se cumpliera la promesa de salvación del pueblo de Israel. Él esta presente en el cumplimiento del pacto davínico (2 Sam 7), la promesa hecha por Dios a David se cumple. José aceptó seguir la voluntad de Dios.

El carpintero descubre su vocación en el sueño. Su vocación es ser el padre de Jesús. Dios le revela su plan, así que al principio no le fue muy fácil reconocer lo que Dios quería de él. Era necesario el discernimiento. Después del anuncio del ángel, se despertó. El verbo utilizado en la narración griega es (Aναστασις), resurgir, el mismo utilizado para la Resurrección de Cristo. Después, dice el relato, hizo lo que el ángel del Señor le había mandando. Cuando despertó del sueño “resurge”, se hace una nueva criatura, ahora sabe para dónde dirigirse. No se queda pensando, tampoco propone generar caminos fáciles para cumplir el mandato, sino solamente hace lo que el ángel le había dicho.

El escritor sagrado hace muy poco de énfasis en la actitud de José al descubrir lo que estaba pasando con María. El mensajero de Dios le dice que Maria dará luz a un Hijo (cf. Mt 1, 20-23). La lectura hace parecer como si al principio no creyera en el plan de Dios, como si quisiese dejar a María, cosa que ha resonado en diversos ámbitos de la Iglesia, como en la liturgia; algunos de los iconos bizantinos presentan a José fuera de la gruta donde nació el Mesías, y solo María y Jesús se encuentran dentro. Por ejemplo, en la Basílica de la Natividad, sobre la gruta, se encuentra un conjunto de iconos representando la vida del Salvador. El centro de esta obra contiene el misterio del nacimiento. La gruta simboliza el sepulcro donde resucitó Cristo, el Niño está envuelto parecido a una momia, es decir aun no ha resucitado, es la espera de la restauración de la promesa, María está con las manos juntas en el pecho en señal de que esta atenta a lo que el Señor le pide para hacerlo, y José se mantiene observando desde fuera con un rostro cabizbajo la escena. Dando muestra de que José no quería comprometerse antes de conocer el llamado de Dios y por lo tanto queda fuera de la gruta, es decir, queda fuera del plan de salvación, como quedando fuera de la Resurrección de Cristo. Pero en realidad, no es así.

Desde el principio es que piensa cumplir la ley pero busca quitarle todo lo que pudiese dañar la imagen de la Virgen. Se encontraba en un momento de mucha tensión, por eso en su prudencia, buscaba repudiarla, de modo que la pena para el cumplimiento de la ley fuera la menor. Él pensaba hacerse la causa de “la culpa de María”, eso antes de que él entrara en el sueño.

Toda la vida de José estuvo significada por el ejemplo de la santidad. Sin duda que la actuación del “siervo fiel y prudente” nos da un panorama de vivencia en nuestra vida cristiana. Es necesario obedecer el mandato de Dios en nuestra vida. Actuar con prudencia en los momentos atrojados. Confiar en la Palabra del Señor Jesús y buscar siempre defender el curso de la Iglesia, es decir, dejar de hacer todo lo que puede dañarla, dando verdadero testimonio de vida en Dios, como lo hizo san José.

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Eco de la Palabra

Eco de la Palabra

ECO de la PALABRA

 

Misael González Villalpando

Fe y espiritualidad

III Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C: Lucas 1, 1-4; 4, 14- 21.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”.

 

El camino litúrgico de nuestro año nos hace llegar al III Domingo del Tiempo Ordinario. En vistas de eso, nos encontramos en el Domingo de la Palabra de Dios, gracias al tinte que se da en la liturgia de la palabra el día de hoy. 

El evangelio lucano nos presenta la dedicatoria de su evangelio, las cosas que ha escrito son la historia de las cosas que pasaron entre ellos, tal y como las transmitieron los que la vieron desde el principio, con el fin de que nosotros, θεοφιλος (que significa: los hijos de Dios), de igual manera en que lo hicieron los apóstoles, transmitamos lo que hemos escuchado por parte de la Tradición. El evangelio es la obra que expresa la Buena Noticia que el Cristo dejó a sus discípulos. Por tanto, las primeras comunidades se reunían a partir el pan y a escuchar lo que el Señor había dicho. Así, cada uno iba aprendiendo en el ceno de la Iglesia, en un contexto de comunión, el contenido de la Sagrada Escritura. 

Jesús, resalta el evangelista, cumple la ley, cumple y da anuncio de las profecías expuestas por Isaías. Cumple, según san Lucas, las mismas cualidades de los profetas. Por tanto, Cristo dice: “Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos;” (Lc 4, 18), es decir, a los que estaban lejos del culto, a los ignorantes de la sabiduría de Dios, a los esclavos y oprimidos por el mal. Anunciar a todos, a cualquiera que quiera acercarse a recibir la Palabra en su corazón, como es el caso de los primeros discípulos. Comenzaron a interesarse por aprehender el misterio de la fe.

A nosotros nos hace falta comenzar acercarnos e interesarnos por aprehender el mensaje de Jesús, aunque ya estemos dentro de la iglesia, para ser buenos discípulos y poder impregnar nuestra vida de las virtudes evangélicas, para poder observar con mayor claridad el amor que Dios tiene para todos.

La Iglesia obtiene su fuerza en la Sagrada Escritura, que marca el itinerario de seguimiento de la propuesta de la salvación. Es así que, no puede caber la desunión de la iglesia por parte de las formas de pensar personales o individuales, puesto que una sola es la Palabra de Dios, “y el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Entonces, debemos someter nuestra voluntad, pensar, actuar, libertad, a la obediencia del mandamiento que se obtiene mediante la escucha de la palabra y por la Tradición de la Iglesia, que es la única ley que Cristo nos ha dado. Nuestra vida debe dejarse guiar por la obediencia a la Palabra. De tal manera que, aun con diferencias, como lo decía san Pablo, “Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.” (Cor 12), debemos ayudar al progreso de la comunidad, pues todos conformamos el mismo cuerpo que es la Iglesia.

Es necesario pensar, ¿qué tanto alimentamos nuestro conocimiento de la Palabra que es viva y eficaz? ¿Cuántas veces me pongo a meditar la palabra de Dios? Y de esto, cuando me encuentro ante cualquier ideología que afectará al cuerpo de los bautizados, ¿dónde busco obtener la verdad? Que Dios nos comunique su Espíritu por medio de la reflexión de su palabra y nos ayude a todos. 

Él es PALABRA. Él se hace y se da. Su obra es el don de sí mismo. 

Homilia del Domingo III del Tiempo Ordinario

Homilia del Domingo III del Tiempo Ordinario

El camino de la verdad

 

Gabriel Jaime Pérez, SJ

Fe y espiritualidad

III Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C: Lucas 1, 1-4; 4, 14- 21.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”.

Con esta frase del profeta Isaías, Jesús se presenta en el Evangelio de Lucas como el Mesías prometido y anunciado por las profecías bíblicas. Nosotros, desde nuestra fe, reconocemos a Jesús como ese Mesías prometido, cuya misión es dar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los oprimidos, aliviar el dolor de los que sufren.

“Para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado”

Lucas, discípulo y colaborador de san Pablo y a quien este se refiere en sus cartas como el médico que lo acompañaba en sus viajes, y que aparece como tal en los Hechos de los Apóstoles –libro del cual Lucas es también autor– al emplear la primera persona del plural dando así a entender que estaba con él (Hechos 16, 10-17), indica el propósito que lo anima a escribir su Evangelio teniendo como fuentes a los testigos presenciales, es decir, los apóstoles y probablemente la Virgen María –de quien parecen proceder los relatos de la infancia y vida oculta de Jesús–, como también de otros discípulos que lo habían seguido en su vida pública: “para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado”.

Como quien dice, para que quien lea o escuche su Evangelio sepa que tales enseñanzas se fundamentan en una realidad histórica y no en fantasías. Lucas se dirige a un tal Teófilo, nombre griego que significa amigo de Dios, o sea todo aquél que se reconozca como tal. Reconozcámonos así nosotros y acerquémonos al Evangelio con la intención sincera de profundizar en el conocimiento de Jesús.

“Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu”

Como los demás evangelistas, Lucas también comienza la narración de la vida pública de Jesús con una referencia a sus inicios en la región de Galilea, al norte de Israel, después de su bautismo en el río Jordán. Desde entonces se había empezado a manifestar en Él la acción del Espíritu Santo, que, según lo relatan los evangelios de Mateo, Marcos y el mismo Lucas, lo había llevado primero al desierto y que ahora lo impulsaba a proclamar la Buena Noticia en las sinagogas o lugares de reunión que tenían los judíos en cada población para escuchar las Sagradas Escrituras y orar en comunidad.

Pero hay un episodio que sólo aparece narrado en el Evangelio de Lucas: la autopresentación de Jesús en la aldea donde se había criado. Situémonos con nuestra imaginación en la sinagoga de Nazaret y contemplemos cómo inicia allí su predicación con base en la lectura del libro profético de Isaías (61, 1 y siguientes), evocando lo que este texto había significado unos cinco siglos antes, en la época de la liberación de los judíos de su cautiverio en Babilonia, a la cual se refiere a su vez la primera lectura bíblica de este domingo, que nos presenta al sacerdote Esdras proclamando la Ley de Dios en Jerusalén después del regreso del exilio (Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10). Jesús anuncia ahora una nueva liberación y va a proclamar una nueva Ley, ambas mucho más completas, ya no sólo en el ámbito de Israel, sino en el de toda la humanidad.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”

Con esta frase del profeta Isaías, Jesús se presenta en el Evangelio de Lucas como el Mesías prometido y anunciado por las profecías bíblicas. En hebreo, Mesías significa Ungido, lo mismo que Cristo en griego, y hace referencia al rito de la unción con óleo o aceite de oliva con que eran consagrados los reyes, sacerdotes y profetas en el Antiguo Testamento, recibiendo así el poder del Espíritu de Dios que les hacía posible cumplir la misión para la cual el Señor los había elegido. Nosotros, desde nuestra fe, reconocemos a Jesús como ese Mesías prometido, cuya misión es dar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los oprimidos, aliviar el dolor de los que sufren. Y esto es lo que significa el término griego eu-angelion: una buena noticia no sólo de palabra, sino realizada en hechos concretos.

Esta sería también la misión que Cristo les iba a dar a todos cuantos creyeran en Él y quisieran seguirlo: evangelizar, es decir, proclamar de palabra y de obra que, para todo ser humano que se encuentre en una situación difícil o esté sufriendo cualquier tipo de opresión, empezando por la que padecen los pobres y excluidos, es posible un nuevo porvenir, no sólo en el más allá, sino desde esta vida presente.

Por lo tanto, al iniciar este nuevo año, que esperamos sea para todos un año favorable y positivo, revisemos nuestro compromiso como creyentes en Jesucristo y dispongámonos a ser también nosotros portadores de esa Buena Noticia mediante el testimonio de nuestras obras, para colaborar en la construcción de un mundo mejor para todos, empezando por los más necesitados. Que el Señor, gracias al mismo Espíritu con el cual también nosotros hemos sido ungidos y consagrados en nuestro bautismo (como lo dice san Pablo en la segunda lectura -1 Corintios 12, 12-30-), nos ilumine y nos dé la fuerza necesaria para ser auténticos seguidores y discípulos suyos.

Así sea.

HOMILÍA DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO: JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

HOMILÍA DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO: JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Jesucristo

Rey del Universo

 

Sem. Rodolfo Gabriel Llamas Ramírez

Fe y espiritualidad

Hoy nuestra liturgia nos propone contemplar a Nuestro Señor como el Rey del Universo. Durante la época pública de la vida de Jesús, en los diferentes pueblos de Israel, Él fue anunciando a todos la venida y la expansión del Reino de Dios, o también llamado “Reino de los Cielos”.

Los judíos del tiempo de Jesús esperaban una llegada del Mesías libertador, guerrero, lleno de majestad, de poder, de riqueza, de milagros impresionantes. Sin embargo, sabemos, por el testimonio de los apóstoles reflejado en los Evangelios, que Jesús actuó y vivió como un hombre de su época, pero con un mensaje renovador, llamativo, incluso contrario a lo que muchos grupos religiosos y políticos pensaban. Se pensaba en una llegada del Mesías o del Cristo lleno de gloria, de majestad, de liberación, pero el mismo Señor ha demostrado que su mensaje tiene un objetivo y un contenido esencial: el reino de los cielos, el reino de Dios, el reino de Dios que ya está cerca con una invitación de arrepentimiento y conversión.

Walter Kasper, en su libro “Jesús el Cristo” señala que Cristo ha reinterpretado la idea del reino y señorío que se tenía en esa época. Cristo viene a decirnos que el que quiera ser el primero debe ser el servidor de todos. En su Última Cena, relatada en con mayor énfasis teológico en el evangelio de San Juan (Jn 13, 1-ss), se ve cómo Cristo se humilla y se pone al servicio de sus discípulos lavándoles los pies. El rey, en el mensaje del Señor, ama a sus amigos hasta el extremo. Es también en las parábolas donde descubrimos que el Reino de los Cielos se parece a cosas que en la misma sociedad político-religiosa de la época del primer siglo se vivían constantemente: se parece a una semilla de mostaza de la cual nace un arbusto, a una perla preciosa, a un tesoro escondido en un campo. El Señor invita a que seamos partícipes de su reino, revelación innovadora en su mensaje de la Buena Nueva.

Es también en este mensaje del Reino donde encontramos la profunda relación filial que tiene Jesús con Dios, con su Padre, con su Abbá, es decir, querido papá, “papito”, un término usado comúnmente por los infantes de la época. Invita a un trato especial con Dios como un verdadero Padre, el cual Cristo lo expresa que son él y el Padre una sola cosa, y que vendrán a morar en los corazones de aquellos que cumplen su Palabra, de los que creen en él. Es en el reino donde descubrimos la presencia amorosa de Dios, su cercanía con sus hijos, con su pueblo. Cristo viene a revelar que podemos dirigirnos a Dios como Padre Nuestro.

 

El Evangelio de este domingo, tomado de San Juan, nos enmarca en el contexto de la Pasión y Muerte de Cristo. Jesús, antes de tener una sentencia por los actos que se le acusan, tiene un diálogo con Poncio Pilato. Jesús es Rey, cuyo reinado no es de este mundo, no es de naturaleza política o económica (como hemos entendido a lo largo de la historia esta forma de gobernar los pueblos). Jesús es el Rey, y este reinado se da en la proclamación de la verdad. Él se revela como Rey. Quien escucha la verdad, escucha su voz.

            Con esta solemnidad, y hasta las primeras vísperas del siguiente domingo, se concluye el tiempo litúrgico Ordinario, tiempo que nos permite conocer los grandes acontecimientos de la vida pública de Jesús y de su predicación. Pidamos a Jesús que nos ayude a contemplar el Reino de Dios instaurado y proclamado en su Palabra. Que siempre seamos testigos de la verdad, que es Él mismo.