Homilía “In memoriam” Mons. Rafael Muñoz Núñez

Homilía “In memoriam” Mons. Rafael Muñoz Núñez

x Aniversario de la muerte de mons. rafael muñoz núñez

HOMILÍA / 19 DE FEBRERO 2020 / VI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A.

MARCOS 8, 22-26

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida. Y le trajeron a un ciego pidiéndole que lo tocase. Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en lo ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?». Levantando los ojos dijo:
«Veo hombres; me parecen árboles, pero andan».
Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad.
Jesús lo mandó a casa diciéndole que no entrase en la aldea.

iluminación gradual y progresiva

La parte central de la curación de este ciego se describe con mucho detalle (lo cual no es habitual en Marcos): se muestra la fe de quienes lo traen, “le llevaron a un ciego, rogándole que lo tocara”; Jesús lo saca de la población llevándolo de la mano; le unta con saliva los ojos y le impone las manos. Hay un punto exclusivo de esta curación: se realiza en dos tiempos. Es el único caso de los evangelios en que la sanación es gradual y no instantánea.

Después de la primera imposición de manos el ciego no distingue claramente los objetos: “veo  a los hombres. Me parecen como árboles que andan”. Solamente después de la segunda imposición de manos ve todo con claridad.

Valor simbólico añadido

Este valor se deduce de la ubicación del relato: recordemos que la primera etapa del ministerio de Jesús en Galilea concluye con la animadversión de fariseos y herodianos hacia él; la segunda, con el rechazo de sus paisanos de Nazaret, y la tercera, en cuyo final estamos, corre el peligro de terminar con el embotamiento del corazón de los discípulos por el reproche “para que les sirven los ojos si no ven y los oídos si no oyen”?

Aparte de la ubicación del relato, el valor simbólico se desprende de la curación progresiva del ciego. En él vamos simbólicamente el itinerario de la fe de los apóstoles. Para la plena comprensión de la persona y ministerio  de Cristo  los discípulos necesitarán también, como el ciego, un proceso gradual de iluminación. Así entenderán en primer lugar que Jesús es el mesías de Dios, como dirá Pedro en su confesión de fe (en los versículos siguientes de Marcos, que no leímos hoy), y en un segundo paso, verán qué clase de mesías es él, el siervo paciente del Señor y no el triunfador político que ellos se imaginaban.

el itinerario de la fe

La fe tiene un itinerario que nosotros, como los apóstoles, hemos de recorrer progresivamente y no sin vacilaciones. Entre luces y sombras avances y retrocesos, entendiendo a veces y preguntándonos otras muchas, avanzamos en el conocimiento de Dios mediante al seguimiento de Cristo, (seguir a Cristo = progresus, pasos hacia adelante). La fe es un don de Dios, pero no un tesoro adquirido de una vez para siempre, ni una pertenencia meramente individual. Para alcanzar una fe madura y responsable hay un camino y unas etapas a seguir. Estas son las etapas:

  1. Alerta ante los signos de Dios en nuestra vida personal y en el mundo; son múltiples y hay que saber leerlos e interpretarlos.
  1. Búsqueda para encontrar y reconocer  a Dios, especialmente en los signos pobres y sencillos; para eso habrá que afrontar penalidades, y renunciar a instalarnos cómodamente. El don de la fe requiere nuestra colaboración, porque a Dios no lo tenemos asegurado, menos aun “domesticado”. Por eso hay que repetir siempre con el salmista “tu rostro buscaré, Señor: no me escondas tu rostro”.

  1. Anuncio y testimonio de Cristo como el Señor resucitado. Él y solo Él es la luz que ilumina nuestra vida. La vocación cristiana es misionera por su misma naturaleza Por eso en nuestra conducta hemos de evitar también, a toda costa, la degradación de la sal y la levadura, a fin de ser luz de Cristo  para  los demás. 

Celebración especial

In memoriam.

Si la Palabra de Dios siempre es oportuna y tiene aplicación a las diferentes circunstancias de la vida, hoy que nos reunimos para orar, con una memoria llena de cariño, por el eterno descanso de Mons. Rafael Muñoz Núñez, también queremos dar gracias a Dios por este singular V Obispo de Aguascalientes. Mons. Muñoz supo discernir, en la oración, cuál era su misión particular, como Obispo, tanto en Zacatecas como en Aguascalientes. Por ello, con procesos no fáciles, logró unificar a los presbíteros de ambas Diócesis.

En la toma de posesión de esta Diócesis, el 1° de Agosto de 1984, en su mensaje inicial habló de sus temores y esperanzas. Dijo (entre otras cosas muy interesantes): “temo no poder ver claro cuáles sean las expectativas de este presbiterio”. Recuerdo que el entonces Presiente de la CEM, Mons. Sergio Obeso Rivera, al salir de la Misa comentó: “al oír el mensaje del Sr. Muñoz estoy seguro que este Obispo es el que Aguascalientes necesita. Él será la medicina de Dios para que los ojos cansados o secos vuelvan a ver”. Y así fue en sus 14 años como Obispo de esta Diócesis.

Rafael: medicina de Dios. Vino a curar cegueras y parálisis. Nos tomó de la mano, siendo enfermos, y nos llevó al silencio interior imponiendo sus manos santas sobre nosotros. En él experimentamos al hombre lleno de fe, ejemplar y silencioso en el sufrimiento, paciente en su gestión de gobierno pastoral, respetuoso en los itinerarios de fe, sobre todos de sus sacerdotes. ¡Cuánto lo hicieron sufrir los sacerdotes de Zacatecas y Aguascalientes! Pero con qué santa paciencia los ganó para Cristo y la Iglesia.

Mons. Ricardo Cuéllar Romo

Mons. Ricardo Cuéllar Romo

Querido Obispo, Monseñor Muñoz: brille para ti la luz perpetua, y dale, oh Señor, el descanso eterno.

Domingo VI Ordinario, Ciclo A

Domingo VI Ordinario, Ciclo A

homilía

DOMINGO VI Tiempo ordinario

16 de Febrero 2020

“no he venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento”

      Cierta vez, un alumno de Confucio (filósofo chino, siglo V a.C.) le preguntó: “Maestro, háblanos de la muerte, y Confucio le contestó: ¿Cómo quieres que te hable de la muerte, si no sabes lo que es la vida?”. Pues nosotros también, no entenderemos jamás lo que es la Resurrección, ni la anhelaremos si antes no sabemos lo que es la vida. Pero no se trata sólo de saber, sino de vivir bien esta vida; éste es el tema.

      La pregunta de los saduceos sobre los matrimonios, nos lleva a recordar una pregunta formulada muchas veces: ¿cómo será la vida eterna? San Pablo nos dice (1Cor. 15,35 ss) que seremos nosotros mismos, pero de una manera diferente a como somos ahora. Y bien poca cosa podemos añadir. La vida eterna es una esperanza, no una ciencia explicable. Todas las cosas valiosas y amadas que hayamos vivido no desaparecerán, pero todo lo viviremos en la comunión de plenitud que es Dios.

 

“SI PERMANECES FIEL A DIOS, ES COSA TUYA”

    De aquí la importancia de que nuestra existencia actual le demos el sentido pleno de una vida entregada, de que seamos generosos, de que aprovechemos bien el tiempo, porque como bien dijo Goethe: “Una vida ociosa es una muerte anticipada”. Por tanto, en la medida en que vivamos bien esta vida que Dios nos ha prestado, de acuerdo a su voluntad, tendremos la convicción y la valentía de afrontar la muerte sin ningún temor, como testificaron con su misma vida los 7 hermanos del libro de los Macabeos (1ª. lectura):“Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.

    Los cristianos profesamos en el Credo nuestra esperanza en la resurrección del cuerpo y en la vida eterna. Este artículo de la fe expresa el término y el fin del designio de Dios sobre el hombre. Si no existe la resurrección, todo el edificio de la fe se derrumba, como afirma vigorosamente san Pablo (cf. 1 Cor 15):“Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe”. Si el cristiano no está seguro del contenido de las palabras vida eterna, entonces las promesas del evangelio, el sentido de la creación y de la redención desaparecen, e incluso la misma vida terrena queda desposeída de toda esperanza (cf. Heb 11,1).

“Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”

    Posiblemente la crítica principal de muchos hombres contra la religión, ha sido la de anunciar un más allá como una evasión de este mundo. De ahí frases como la de Sartre: “Ya no hay cielo, ya no hay infierno, sólo tierra”; Kafka: “Esta vida parece insoportable, la otra inaccesible”; Schuman: “Hacemos que buscamos algo, y tan sólo la nada es nuestro hallazgo”.

    Pero hermanos: creer que venimos de la nada y vamos hacia la nada sólo nos lleva a la angustia, a la desesperación, a no encontrarle sentido nuestra vida, aún teniendo todo el dinero, poder y comodidades posibles… y por eso algunos llegan hasta suicidarse. Cuidado, ¡no nos desesperemos porque el infierno está lleno de desesperados!

   Bueno, pues ante esos saduceos modernos de hoy día, que manifiestan la duda, la perplejidad y la angustia del hombre sobre su destino definitivo, la respuesta es clara y contundente: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” (Credo).

    Resurrección no es lo mismo que reencarnación. Si Cristo murió y resucitó, también nosotros creemos que si morimos con Él, resucitaremos también con Él. Si no creemos en la resurrección, comamos y bebamos que mañana moriremos, así piensan los que viven sin Dios y sin esperanza. Pero nuestra confianza en la Resurrección es una verdad de fe que da sentido a toda nuestra vida terrena en tensión a la eterna, “porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven”.

    Por eso, ante la cultura posmodernista de una vida larga y culto al cuerpo con aerobics, aparatos, dietas y fórmulas anti arrugas, testimoniemos nuestra esperanza cristiana en la vida eterna por la que debemos esforzarnos por alcanzar, sin cambiar la casa de Dios por el gimnasio o el apego a lo material.

     Conclusión. Hoy deberíamos preguntarnos hasta qué punto nuestra fe arraiga en la Resurrección de Jesús y en nuestra propia resurrección. Nuestra actitud, ¿es una actitud rebosante de esperanza como la de los hermanos Macabeos? Los saduceos de hoy, no son sólo esa multitud de católicos que tienen pavor a la muerte y no saben qué hay o qué sigue después, sino también los saduceos de hoy son los tristes, amargados, enojones, desconfiados, pesimistas, desesperados…

    Tal como hoy nos recomienda san Pablo, permitamos que el Señor dirija nuestros corazones para que amemos a Dios y esperemos pacientemente la venida de Cristo. Y pidámosle una fe más viva y una esperanza más firme.

"Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro"

Domingo XXXIV Cristo Rey del Universo

Domingo XXXIV Cristo Rey del Universo

homilía

DOMINGO XXXIV  

24 de Noviembre 2019

solemnidad de jesucristo rey del universo

      Cierta vez, un alumno de Confucio (filósofo chino, siglo V a.C.) le preguntó: “Maestro, háblanos de la muerte, y Confucio le contestó: ¿Cómo quieres que te hable de la muerte, si no sabes lo que es la vida?”. Pues nosotros también, no entenderemos jamás lo que es la Resurrección, ni la anhelaremos si antes no sabemos lo que es la vida. Pero no se trata sólo de saber, sino de vivir bien esta vida; éste es el tema.

      La pregunta de los saduceos sobre los matrimonios, nos lleva a recordar una pregunta formulada muchas veces: ¿cómo será la vida eterna? San Pablo nos dice (1Cor. 15,35 ss) que seremos nosotros mismos, pero de una manera diferente a como somos ahora. Y bien poca cosa podemos añadir. La vida eterna es una esperanza, no una ciencia explicable. Todas las cosas valiosas y amadas que hayamos vivido no desaparecerán, pero todo lo viviremos en la comunión de plenitud que es Dios.

 

¡Desde el trono de la cruz nos ha salvado!

    De aquí la importancia de que nuestra existencia actual le demos el sentido pleno de una vida entregada, de que seamos generosos, de que aprovechemos bien el tiempo, porque como bien dijo Goethe: “Una vida ociosa es una muerte anticipada”. Por tanto, en la medida en que vivamos bien esta vida que Dios nos ha prestado, de acuerdo a su voluntad, tendremos la convicción y la valentía de afrontar la muerte sin ningún temor, como testificaron con su misma vida los 7 hermanos del libro de los Macabeos (1ª. lectura):“Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.

    Los cristianos profesamos en el Credo nuestra esperanza en la resurrección del cuerpo y en la vida eterna. Este artículo de la fe expresa el término y el fin del designio de Dios sobre el hombre. Si no existe la resurrección, todo el edificio de la fe se derrumba, como afirma vigorosamente san Pablo (cf. 1 Cor 15):“Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe”. Si el cristiano no está seguro del contenido de las palabras vida eterna, entonces las promesas del evangelio, el sentido de la creación y de la redención desaparecen, e incluso la misma vida terrena queda desposeída de toda esperanza (cf. Heb 11,1).

“Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”

    Posiblemente la crítica principal de muchos hombres contra la religión, ha sido la de anunciar un más allá como una evasión de este mundo. De ahí frases como la de Sartre: “Ya no hay cielo, ya no hay infierno, sólo tierra”; Kafka: “Esta vida parece insoportable, la otra inaccesible”; Schuman: “Hacemos que buscamos algo, y tan sólo la nada es nuestro hallazgo”.

    Pero hermanos: creer que venimos de la nada y vamos hacia la nada sólo nos lleva a la angustia, a la desesperación, a no encontrarle sentido nuestra vida, aún teniendo todo el dinero, poder y comodidades posibles… y por eso algunos llegan hasta suicidarse. Cuidado, ¡no nos desesperemos porque el infierno está lleno de desesperados!

   Bueno, pues ante esos saduceos modernos de hoy día, que manifiestan la duda, la perplejidad y la angustia del hombre sobre su destino definitivo, la respuesta es clara y contundente: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” (Credo).

    Resurrección no es lo mismo que reencarnación. Si Cristo murió y resucitó, también nosotros creemos que si morimos con Él, resucitaremos también con Él. Si no creemos en la resurrección, comamos y bebamos que mañana moriremos, así piensan los que viven sin Dios y sin esperanza. Pero nuestra confianza en la Resurrección es una verdad de fe que da sentido a toda nuestra vida terrena en tensión a la eterna, “porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven”.

    Por eso, ante la cultura posmodernista de una vida larga y culto al cuerpo con aerobics, aparatos, dietas y fórmulas anti arrugas, testimoniemos nuestra esperanza cristiana en la vida eterna por la que debemos esforzarnos por alcanzar, sin cambiar la casa de Dios por el gimnasio o el apego a lo material.

     Conclusión. Hoy deberíamos preguntarnos hasta qué punto nuestra fe arraiga en la Resurrección de Jesús y en nuestra propia resurrección. Nuestra actitud, ¿es una actitud rebosante de esperanza como la de los hermanos Macabeos? Los saduceos de hoy, no son sólo esa multitud de católicos que tienen pavor a la muerte y no saben qué hay o qué sigue después, sino también los saduceos de hoy son los tristes, amargados, enojones, desconfiados, pesimistas, desesperados…

    Tal como hoy nos recomienda san Pablo, permitamos que el Señor dirija nuestros corazones para que amemos a Dios y esperemos pacientemente la venida de Cristo. Y pidámosle una fe más viva y una esperanza más firme.

"Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro"

Homila Domingo XXXIII

Homila Domingo XXXIII

Domingo XXXIII

 

“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”

 Lc 21,5-19

 

 

 

    El evangelista Lucas en los capítulos 20 y 21 nos presenta la entrada de Jesús a Jerusalén así como el ejercicio mismo de su ministerio. Cabe señalar que esta última visita que el Señor hace a la Ciudad Santa se ve enmarcada por gritos de júbilo y alabanza  que sus discípulos le procuran. Pero, sobre todo, por las palabras y obras mesiánicas que no buscan agradar a intereses mezquinos, sino, por el contrario, abrir paso a la verdad y al pleno cumplimiento de la voluntad del Padre de los cielos.

{

“Siendo perseverantes, podremos salvar nuestras almas”.

     Las palabras que Jesús pronuncia en este relato evangélico están animadas por el impacto que la belleza del Templo provoca en los que acompañan al Señor: Él mismo pronuncia unas palabras proféticas afirmando que “llegará el momento en que no quedará piedra sobre piedra”, es decir, que todo será destruido. Es así como anuncia clara y directamente que el majestuoso y bello Templo que ven ahora será destruido porque Israel no le ha aceptado como enviado para establecer la nueva alianza entre Dios y los hombres. Con esas palabras, Jesús hace referencia tanto a la destrucción de Jerusalén como al final de la historia humana, es por eso que dice “los perseguirán por mi causa…” que no son más que signos que acompañan el fin de la humanidad y con ello la venida de Jesús, la Parusía donde lo veremos como juez victorioso.

     Al hablar de los signos que anunciarán el fin de la historia humana es común que el miedo y la incertidumbre se hagan presentes, pero es importante recalcar que en el pasaje evangélico que el día de hoy hemos escuchado Lucas no pretende sembrar angustia y desesperanza, sino más bien, busca dar ánimo, fortaleza y valentía para que, en medio de esas circunstancias adversas confiemos más en Jesús y tengamos el valor para seguirlo con muchas más fuerzas, porque sólo de esta manera “siendo perseverantes, podremos salvar nuestras almas”.

{

“Yo los ayudaré no teman”.

     Sin duda que esta perícopa evangélica, al tiempo que nos advierte sobre el fin de los tiempos nos motiva a mantenernos firmes en la fe con las palabras del mismo Jesús: “Yo los ayudaré no teman”. Por eso, en este domingo pidamos al Señor Jesús que:

  1. Nos ayude a fortalecer nuestra perseverancia cristiana para encontrarnos con Él en su retorno glorioso, y que,
  2. Nos sacie con el Espíritu de fortaleza para que, en medio de las adversidades, nos mantengamos firmes en la fidelidad a Él.

Pbro. Oscar Adrián Ramírez Santos

Domingo XXXIV 10 de noviembre

Domingo XXXIV 10 de noviembre

homilía

DOMINGO XXXIII  Tiempo ordinario

10 de Noviembre 2019

“Nuestro Dios es un Dios de Vivos, pues en él todos viven”

      Cierta vez, un alumno de Confucio (filósofo chino, siglo V a.C.) le preguntó: “Maestro, háblanos de la muerte, y Confucio le contestó: ¿Cómo quieres que te hable de la muerte, si no sabes lo que es la vida?”. Pues nosotros también, no entenderemos jamás lo que es la Resurrección, ni la anhelaremos si antes no sabemos lo que es la vida. Pero no se trata sólo de saber, sino de vivir bien esta vida; éste es el tema.

      La pregunta de los saduceos sobre los matrimonios, nos lleva a recordar una pregunta formulada muchas veces: ¿cómo será la vida eterna? San Pablo nos dice (1Cor. 15,35 ss) que seremos nosotros mismos, pero de una manera diferente a como somos ahora. Y bien poca cosa podemos añadir. La vida eterna es una esperanza, no una ciencia explicable. Todas las cosas valiosas y amadas que hayamos vivido no desaparecerán, pero todo lo viviremos en la comunión de plenitud que es Dios.

 

“Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro”

    De aquí la importancia de que nuestra existencia actual le demos el sentido pleno de una vida entregada, de que seamos generosos, de que aprovechemos bien el tiempo, porque como bien dijo Goethe: “Una vida ociosa es una muerte anticipada”. Por tanto, en la medida en que vivamos bien esta vida que Dios nos ha prestado, de acuerdo a su voluntad, tendremos la convicción y la valentía de afrontar la muerte sin ningún temor, como testificaron con su misma vida los 7 hermanos del libro de los Macabeos (1ª. lectura):“Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.

    Los cristianos profesamos en el Credo nuestra esperanza en la resurrección del cuerpo y en la vida eterna. Este artículo de la fe expresa el término y el fin del designio de Dios sobre el hombre. Si no existe la resurrección, todo el edificio de la fe se derrumba, como afirma vigorosamente san Pablo (cf. 1 Cor 15):“Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe”. Si el cristiano no está seguro del contenido de las palabras vida eterna, entonces las promesas del evangelio, el sentido de la creación y de la redención desaparecen, e incluso la misma vida terrena queda desposeída de toda esperanza (cf. Heb 11,1).

“Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”

    Posiblemente la crítica principal de muchos hombres contra la religión, ha sido la de anunciar un más allá como una evasión de este mundo. De ahí frases como la de Sartre: “Ya no hay cielo, ya no hay infierno, sólo tierra”; Kafka: “Esta vida parece insoportable, la otra inaccesible”; Schuman: “Hacemos que buscamos algo, y tan sólo la nada es nuestro hallazgo”.

    Pero hermanos: creer que venimos de la nada y vamos hacia la nada sólo nos lleva a la angustia, a la desesperación, a no encontrarle sentido nuestra vida, aún teniendo todo el dinero, poder y comodidades posibles… y por eso algunos llegan hasta suicidarse. Cuidado, ¡no nos desesperemos porque el infierno está lleno de desesperados!

   Bueno, pues ante esos saduceos modernos de hoy día, que manifiestan la duda, la perplejidad y la angustia del hombre sobre su destino definitivo, la respuesta es clara y contundente: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” (Credo).

    Resurrección no es lo mismo que reencarnación. Si Cristo murió y resucitó, también nosotros creemos que si morimos con Él, resucitaremos también con Él. Si no creemos en la resurrección, comamos y bebamos que mañana moriremos, así piensan los que viven sin Dios y sin esperanza. Pero nuestra confianza en la Resurrección es una verdad de fe que da sentido a toda nuestra vida terrena en tensión a la eterna, “porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven”.

    Por eso, ante la cultura posmodernista de una vida larga y culto al cuerpo con aerobics, aparatos, dietas y fórmulas anti arrugas, testimoniemos nuestra esperanza cristiana en la vida eterna por la que debemos esforzarnos por alcanzar, sin cambiar la casa de Dios por el gimnasio o el apego a lo material.

     Conclusión. Hoy deberíamos preguntarnos hasta qué punto nuestra fe arraiga en la Resurrección de Jesús y en nuestra propia resurrección. Nuestra actitud, ¿es una actitud rebosante de esperanza como la de los hermanos Macabeos? Los saduceos de hoy, no son sólo esa multitud de católicos que tienen pavor a la muerte y no saben qué hay o qué sigue después, sino también los saduceos de hoy son los tristes, amargados, enojones, desconfiados, pesimistas, desesperados…

    Tal como hoy nos recomienda san Pablo, permitamos que el Señor dirija nuestros corazones para que amemos a Dios y esperemos pacientemente la venida de Cristo. Y pidámosle una fe más viva y una esperanza más firme.

"Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro"

XXXI DOMINGO ORDINARIO 3 de Noviembre

XXXI DOMINGO ORDINARIO 3 de Noviembre

homilía

Domingo XXI del Tiempo ordinario

 

AMISTAD QUE TRANSFORMA

 El Evangelio de Lucas es mayormente conocido como “el Evangelio de la misericordia”, porque refleja en muchas de sus páginas la acción tierna y compasiva de Jesús hacia los pecadores y los frágiles. En él todo habla de misericordia. Hoy en este domingo la perícopa evangélica (Lc 19, 1-10) nos presenta una de estas ocasiones. Zaqueo era un recaudador de impuestos y por eso era rico. Ya en alguna ocasión anterior hemos dicho que los publicanos tenían muy mala fama, eran vistos como estafadores y fraudulentos, al servicio del Imperio romano. Jericó era una ciudad en aquel entonces que era una parada habitual para los peregrinos que del norte se dirigían a Jerusalén. Por eso muchos funcionarios de la aduana y publicanos vivían en este lugar. Su riqueza la obtenían a costa de los impuestos que exigían a sus contribuyentes. Por eso eran muy mal vistos.

 

 

 

 

Jesús atravesaba Jericó en su camino a Jerusalén y Zaqueo lo ve y hay algo que Él que le llama la atención, suscitando en él el deseo de ver a Jesús. Vemos que Zaqueo está en actitud de BÚSQUEDA, con entusiasmo y alegría, tanto así que, siendo de baja estatura, corre y se sube a un árbol, un sicómoro. Sin embargo, Jesús es el que lo llama, no es Zaqueo quien lo invita, es el Señor quien toma la iniciativa. LA PRIMACÍA DE DIOS. Zaqueo recibe la invitación de Jesús, con mucha ALEGRÍA. El experimentar la presencia de Dios en nuestra vida no es motivo para estar tristes y amargados, sino que hay que transmitir a todos esa alegría que nada ni nadie nos quitará. Sin embargo, la gente, al ver que Jesús entró en la casa de Zaqueo, comenzó a murmurarlo. ¡Cuántas veces nos queremos sentir los buenos y ponemos el grito en el cielo cuando vemos que el Señor también actúa en los pecadores y frágiles! Las DIFICULTADES nunca se apartarán de nosotros en el camino de conversión.

“AUNQUE SEPA NUESTROS PECADOS SE ATREVE A NO VERLOS CON TAL DE OFRECERNOS EL PERDÓN Y DE DARNOS UNA NUEVA OPORTUNIDAD DE REEMPRENDER EL CAMINO”.

Por último, vemos que Zaqueo, al encontrarse con Jesús, cambia totalmente su vida: regresa lo que ha robado hasta cuatro veces más y reparte la mitad de sus bienes. Experimentar la misericordia de Jesús es algo tan profundo y penetrante que no podemos seguir siendo los mismos, somos transformados desde lo más hondo de nuestro ser. En este sentido, la primera lectura de la liturgia de hoy (Sab 11,22-12,2) nos da una certeza esperanzadora: DIOS, EN SU NATURALEZA INTRÍNSECA ES MISERICORDIA Y COMPASIÓN, PORQUE INCLUSO AUNQUE SEPA NUESTROS PECADOS SE ATREVE A NO VERLOS CON TAL DE OFRECERNOS EL PERDÓN Y DE DARNOS UNA NUEVA OPORTUNIDAD DE REEMPRENDER EL CAMINO. Esta experiencia debe reproducirse en nosotros: Dios es como una madre que nos cuida y está siempre con los brazos abiertos para recibirnos y corregirnos. Nosotros somos quienes nos resistimos muchas veces al abrazo misericordioso del Padre.

Roguemos al Señor en este domingo que haga repetir en nuestra vida la historia de Zaqueo: que nosotros, frágiles y pecadores, abramos nuestro corazón a la ternura divina y desde nuestro interior nos convirtamos con sinceridad y sencillez. Así también Jesús nos dirá a cada uno de nosotros: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”, que es tu corazón.

Regresa lo que ha robado hasta cuatro veces más y reparte la mitad de sus bienes.

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”, que es tu corazón.

Seminarista Jairo Manríquez Espinoza / 4º de Teología