Reflexión – Domingo de la Divina Misericordia

II Domingo de Pascua

 

semi. Fernando Guadalupe Carranza Guardado

Palabras de un Seminarista

En el día en que como Iglesia revivimos el asombro de las mujeres ante la tumba abierta y
vacía, recordamos que sólo Él ha resucitado y es el único capaz de hacer rodar “las piedras
a una vida nueva”.
El Señor Jesús, viene a darnos con su Pascua uno de los regalos más grandes a toda la
humanidad: SU PAZ. Paz que no podemos encontrar en este mundo. Una Paz muy diferente
a la que el mundo terreno nos ofrece.

Resuena por todos los rincones de la tierra el anuncio de Cristo: ¡La Paz este con ustedes!,
siendo este mensaje la “buena noticia” de la Pascua.
En la noche de la Última Cena, Él nos deja la clave para encontrar la paz en medio de la
guerra, convirtiéndose así en un mandato dónde el Señor nos dice: “Ámense los unos a los
otros, como Yo los he amado”. Es interesante ver como este llamado está fuertemente
vinculado con la Paz, ya que: “tanto amó Dios al hombre, que le entregó a su Hijo Único”.

Encontramos en esta frase la expresión más grande del AMOR, aquel Amor que sólo Dios
puede darnos, y que con este nos deja en nuestros corazones el alivio de sabernos amados,
de ser conscientes que Dios mismo ha venido al mundo para salvarnos.
Salvación que nos libera de las cadenas del pecado y de la muerte, que un día, corrompieron
al mundo “quitándole la paz y la armonía a la creación”. Jesús, en su resurrección nos trae
la “Nueva Creación” dónde la alianza del hombre con Dios se resume en la cruz y tiene su
plenitud en la Resurrección de Cristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Resurrección que nos invita a una “nueva vida” llena del gozo de la Pascua. Así como los
Apóstoles recibieron el saludo de la Paz en un momento de inseguridad, duda y temor; así
nosotros lo recibimos todos los días de nuestra vida en cada momento que pasamos con las
personas que amamos, pero aún más, con las que no sabemos amar.
Esta es la clave para encontrar la Paz de Cristo en el mundo: Aprende a amar, porque, aquel
que ama, perdona, y si perdona, no guarda rencor en su corazón, y sin este mal dentro de él,
resulta casi imposible que el mal entre en su ser.

La Paz del Señor, nos demuestra que aún en el dolor esta la esperanza de que, siendo hijos
de Dios, y hermanos entre nosotros; no estamos solos, estamos acompañados en este camino
hacia la Pascua Eterna.

“El Señor no ha quitado el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha vencido en la raíz con
la superabundancia de su gracia. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su
Amor. Como vía para la paz y la alegría nos ha dejado el Amor que no teme a la Muerte.»

Durante esta celebración de la cincuentena Pascual, tenemos la gran invitación de llevar la
Paz de Cristo a los demás, con nuestra vida, testimonio y de la mano de María de la Asunción,
vayamos juntos al encuentro del hermano y hagamos vida la Resurrección del Señor en
nuestras vidas, siendo personas “nuevas” por el Evangelio.

Por la Virtud.

Por la Fe.

Por la Doctrina.

 

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Testimonio vocacional

“La resurrección le da significado a mi vida, dirección y la oportunidad de poder volver a empezar sin importar mis circunstancias”

– Robert Flatt 

Semi. Diego Alejandro Dueñas Avilés

Testimonio Vocacional

Soy Diego Alejandro Dueñas Avilés, tengo 18 años y pertenezco a la comunidad de Ciénega de Mata, Jal, y actualmente me encuentro cursando la etapa Propedéutica, así mismo quiero compartirte un poco esta experiencia de camino con el Señor.

Desde niño empezaron mis abuelitos a formarme en la fe, ya que ellos me acercaron mucho a Dios y fueron regando esa semilla de la vocación que la cual Dios sembró, y así fue creciendo, nutriéndose hasta que fue dando fruto, a lo que descubrí la vocación al sacerdocio. Pero dentro de mi vida, había momentos felices y tristes, y uno de esos momentos que me marcaron mucho fue la separación de mis padres, y a pesar de esto, siempre hubo alguien que me tuvo de la mano y que mantenía la vocación en pie, así fui creciendo y en la etapa de la adolescencia me desvié un poco pero Dios volvió a mostrarme en el camino que era, y así decidí entrar al seminario (ya que comencé desde el Seminario Menor), aunque fue de pensarle porque era de dejar muchas cosas y más en esa edad en que desconoces demasiadas pero implicaba dejar: familia, amigos, hermanos, comodidades etc.

Pero aun así dentro de mi corazón sentía una inquietud y algo que me decía que entrara y así pues dentro del seminario comprendí que era Dios el que me hacía tomar las redes y que era un regalo lo que me daba. Ya cuando empecé me sentía un poco solo, pero Dios pone grandes compañeros que en el transcurso de meses se convierten en amigos en donde podía ver el rostro de Dios. Así a pesar de las altas y bajas me encuentro respondiéndole todavía al Señor y me he sentido muy feliz en esta vida sin embargo se requiere seguir formándome para poder ser un gran Sacerdote y cumplir la misión a la que me llamó y tener siempre presente esto: “hasta que cristo se forme en mí”.

 

 

Con esta mi historia vocacional quiero que te des cuenta, que a pesar de la vida que llevas, si sientes este llamado te aconsejo que respondas y te dejes guiar por el camino que Dios te quiere dar, y solo decirte que Dios tiene una misión concreta para ti, te hago otra invitación a que te dejes guiar por su corazón y como ya lo decía en mi historia, si Dios te llama él pondrá los medios necesarios, así como también tú tendrás que poner una parte para seguir respondiéndole a este llamado.

No tengas miedo en responderle al Señor y tampoco miedo a lo que dirán de ti porque si solo te basas en eso, te dejará en una lucha contigo, con tus inseguridades, solamente es necesario ver a aquel que dio la vida por ti y te hace la invitación a cuidar al gran rebaño que tiene, pero date cuenta de que es un gran regalo que te da a ti personalmente así como lo hizo con sus apóstoles y que lo sigue haciendo ahora y solamente necesita una respuesta llena de amor, felicidad, convicción y entrega que se resume con un Sí a Dios, te comparto esta frase de la cual me ha ayudado mucho:

este camino es de rosas y espinas, hay veces en que caminamos en espinas, pero Dios nos vuelve a las rosas”.

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Pentecostés y encuentro diocesano juvenil

Pentecostés y encuentro diocesano juvenil

Pentecostés.

Sentido de vida cristiana.

 

Benito de los Santos Villalobos

Fe y espiritualidad

Pentecostés es un término que procede del latín, aunque sus orígenes más remotos nos llevan a un vocablo griego que puede traducirse como “quincuagésimo”. El concepto se utiliza para nombrar la fiesta celebrada por la Iglesia católica el quincuagésimo día que sigue a la Pascua de Resurrección, que se sitúa entre el 10 de mayo y el 13 de junio. Dicha festividad está consagrada a la Venida del Espíritu Santo. Pentecostés también es la fiesta que los judíos instituyeron en memoria de la ley que Dios entregó en el monte Sinaí, la cual se celebraba cincuenta días después de la Pascua del Cordero.

 

¿Cómo puedes vivirlo mejor?

Te dejamos 3 consejos para aprovechar este tiempo de gracia:

 

  1. Acércate al Espíritu Santo. Si no es la Persona de la Trinidad a la que tienes más presente, este es el mejor momento para conocerla más. Pide constantemente que puedas recibirlo con buena disposición. Para este fin, te compartimos la secuencia de Pentecostés o Himno al Espíritu Santo para que puedas rezarla y dejar que poco a poco entre a tu corazón:

 

  1. Renueva tu fe. Este es un tiempo especial para volver a Dios, transformar nuestros corazones. ¿Cómo hacerlo? Si es un tiempo difícil para ti o sientes que te has alejado, vuelve a lo básico: las oraciones, el rosario y el tiempo a solas con Dios. Pide al Espíritu Santo que te ayude a confiar tus cosas a Dios, lo bueno y malo. Si sientes que estás en un buen momento, aprovecha y comparte en comunidad, por ejemplo, transmite la alegría de ser parte de la Iglesia.

 

  1. Ten presentes los dones. Para comenzar, ¿sabes cuáles son los dones del Espíritu Santo? Son siete: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Siempre necesitamos más de uno y qué mejor que pedirlo en esta celebración. Estos regalos nos sostienen y nos iluminan para saber mejor el camino que Dios tiene preparado para cada uno.

 

Recuerda que este 5 de junio en punto de las 9:00 hrs de la mañana en el Templo del Señor de los Rayos para iniciar nuestra marcha y terminar en el Auditorio Dimo en donde viviremos el cierre de Pascua 2022. Contaremos con la presencia de nuestro señor Obispo Dn. Juan Espinoza Jiménez quien llevará a cabo la celebración Eucarística. Además contaremos con la presencia de diferentes movimientos y grupos juveniles… No te lo puedes perder!!! Te esperamos.

Horario:

9:00 am Inicia Marcha Juvenil de Pentecostés

10:30 am Recepción Auditorio Dimo Colegio Portugal

11:00 am Animación

11:30 am Tema

12:00 pm Feria Vocacional

01:00 pm Celebración Eucarística

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CUARESMA TIEMPO DE PREPARACIÓN

CUARESMA TIEMPO DE PREPARACIÓN

CUARESMA TIEMPO DE PREPARACIÓN

¿QUE ES LA CUARESMA?

Tiempo de reflexión de sacrificio y de oración, la cuaresma es el tiempo de nuestro año litúrgico que se remonta con varias prefiguraciones ya que significa cuarenta días, y hacemos alusión a los 40 días y noches que pasó Noé en el arca, por los años pasados en el éxodo hasta llegar a la tierra prometida. Los 40 días que pasó Jesús ayunando en el desierto, cuando fue tentado por satanás, la cuaresma pues, es un tiempo de preparación para llegar a celebrar la pascua y “el domingo de Resurrección, día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho participes de su vida inmortal”.

¿CUÁNDO INICIA?

La cuaresma según el ciclo litúrgico va variando año con año, la razón es el calendario lunar, la primera luna llena de primavera es el domingo que inicia la Semana Santa, los judíos la renuevan el día 15 de Nisán.

Inicia con el miércoles de Ceniza, día donde se impone la ceniza a los fieles, recordando que “del polvo somos y al polvo volveremos”. Esta ceniza es signo de renuncia, podemos reducir a ceniza nuestro pecado; es tiempo para acercarnos con mayor entrega al Señor.

 Es necesario darnos cuenta que somos invitados a cambiar de vida, a convertirnos desde un movimiento interno del corazón. En cuaresma podemos hacer nuestro desierto como Jesús que pasó por el desierto 40 días y noches, Él se despojó de comodidades, ruido, alimento, gustos, placeres estuvo en oración y de allí comenzó su misión, así nosotros somos llamados a hacer propósitos que nos ayuden a templar nuestro cuerpo, como ayunar de un alimento de mucho agrado, de la música favorita,  pero sería de mayor beneficio si también ayunamos de envidia, de crítica, de egoísmo, de soberbia, de enojo.  

Es necesario estar en recogimiento, en oración y ayuno.  Algo que nos cuesta tanto en nuestra actualidad es guardar silencio porque estamos en una cultura del ruido, donde es preferible aturdirse que reflexionar en el silencio. Y es bien sabido que en este reflexionar sabremos tomar mejores decisiones en nuestra vida cristiana.

¿QUÉ PUEDO HACER?

El ayuno, no solo de alimento, sino de aquello que nosotros sabemos está mal y que necesitamos erradicar en nuestras vidas. Al mismo tiempo, el ayuno se acompaña del compartir con otros lo que poseemos.

Con la limosna podemos ayudar a la persona necesitada, pero que dicha acción no se muestre como obligada, que sea nuestra misma donación y amor por el prójimo el que nos motive a hacerlo, porque puedo dar algo, pero si mi corazón está más empolvado que un mueble no tiene caso que lo haga.

Cada acción con amor, es generosa y fructífera que desinteresadamente nos lleva como comunidad a ofrecer aquello con amor a nuestros hermanos. Es importante hacerlo desde el interior sin anunciarlo con trompeta, es propio que nos parezcamos a Cristo, que nuestro deseo de conversión motive a nuestros hermanos acercarse al que dio la vida por nosotros en un madero.

La oración es un espacio íntimo, de diálogo filial con Dios nuestro Padre, y la mejor forma de hacerla nos la dice el mismo Jesús, cuando dice: «cuando ores entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu padre que está en lo secreto y tu padre que ve lo secreto te recompensará».

Es entrar en nuestro corazón con la disposición de escuchar la voz de Dios para poder preguntarnos ¿al inicio de esta cuaresma estoy dispuesto a iniciar mi cambio de vida? ¿la cuaresma es solo una festividad que celebramos por tradición? ¿nos quedamos sólo en lo externo o sabemos el sentido de los acontecimientos que celebramos y vivimos en este tiempo?

Que esta cuaresma nos ayude a cambiar nuestra vida, pues para cambiar el mundo, para ayudar a los demás necesito convertirme yo personalmente para cambiar a los demás desde el testimonio.

El Señor nos ama y nos mostró su Amor en la Cruz y un Amor inexplicable, este Amor pareciera una lógica contradictoria cuando dice «amen a sus enemigos, oren por quienes los persiguen», pero nos confirma «ámense los unos a los otros».

Dios nunca deja a sus hijos aún con nuestros muchos pecados. El Señor no condena, más bien, animémonos y démonos la oportunidad de que Dios entre a nuestro corazón.

Para el cristiano la vida se presenta como una oportunidad de encuentro con el Señor, no movido por el miedo al infierno, sino por el amor que llama a cada uno a luchar para conquistar el Reino.

¿Qué nos deja el rosario?

¿Qué nos deja el rosario?

¿Qué nos deja el Santo Rosario?

Devoción del Rosario

Que importante es para todo Católico Cristiano tener una especial devoción al Santo Rosario, la oración por excelencia a la Madre del verdadero Dios y también nuestra. La historia nos dice que fue a un sacerdote español, Santo Domingo de Guzmán, fundador y organizador de la Orden de Predicadores, a quién la Virgen María se le apareció y le enseño como recitar el rosario, pidiendo que lo predicara por todo el mundo y con ello obtendría la conversión de los pecadores y abundantes gracias.

El Rosario es la oración más hermosa que podemos dirigir a la Virgen, al tiempo que es el más perfecto homenaje ofrecido a Jesús; es un método sencillo y fácil para meditar en las grandes verdades de nuestra santa fe; es un arma invencible para combatir a nuestros enemigos espirituales; un poderoso medio de conversión y santificación; un tesoro inapreciable de indulgencias. (Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Abril 2020)

Creo que en algún momento de nuestra vida hemos experimentado esa sensación de alivio y de paz que nos trae esta bella oración cuando la recitamos. No es ajeno a la gran mayoría de los creyentes el hecho de vivir una situación complicada y sostener en la mano el rosario; pensemos propiamente en el sentir de cada uno de nosotros cuando acudimos a Nuestra Madre del cielo saludándola como lo hizo en aquella ocasión el Arcángel Gabriel: Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor está contigo… y a la vez recurriendo a ella como gran intercesora de los hombres ante el Creador: Ruega por nosotros los pecadores.

Cuando rezamos el Santo Rosario, estamos meditando la vida misma de nuestro Señor Jesucristo, es una oración bíblica. Cada misterio nos da la oportunidad de profundizar en algunos momentos concretos del actuar de Jesús y María, y creo que esto es reconfortante y alentador. Indagar en aquella inconmensurable sabiduría de Dios con los ojos de Fe y de amor con que lo hizo su humilde esclava.

Simplemente recordemos cuando en alguna ocasión hayamos necesitado de nuestra mamá, si no podía yo resolver la tarea, si no encontraba un suéter, si me veía amenazado, si necesitaba permiso de papá para tal o cual cosa; acudía de inmediato al auxilio de ella y era algo casi seguro de obtener. De ésta misma manera podemos acudir a María Santísima, porque es nuestra mamá, Jesucristo estando en la cruz la entregó como Madre de la humanidad entera: “Después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”. (Juan 19, 26-27)

Y es tan sencillo reconocer el obrar de una verdadera madre, siempre amorosa, servicial, entregada, trabajadora y sobretodo protectora de sus hijos; tantas y tantas son las cualidades que podemos encontrar en ella.

En el rezo del rosario vamos descubriendo cómo María es una madre solicita a lo que sus hijos necesitan, el pasar de cada cuentita es como suspiro de esperanza para nuestro ser, y es que cuánto amor se encierra en cada Ave María, nosotros le hablamos y ella nos escucha, es un diálogo tierno de madre a hijo. Su voz de dulzura envuelve el corazón y lo acerca a la gracia de Dios, lo hace aspirar a lo sublime, a lo eterno, a lo divino; recitarlo, también nos pide un acto de confianza y de entrega, es decir, confiamos filialmente en la poderosa intercesión de María y dejamos a su cuidado nuestro caminar.

Muchos son quienes a lo largo de los años nos han invitado a tomar el Santo Rosario como arma potente ante las acechanzas del maligno, sabemos que la tentación está en cada momento y necesitamos protección. Desde que amanece hasta que anochece habrá algún tiempo para que podamos rezarlo. Creo podemos caer en un estado de pereza espiritual y olvidarnos completamente cuanto valor tiene esta oración, y nos justificamos fácilmente diciendo: no tengo tiempo, se me olvidó, hoy no pude rezar, etc., entra otras muchos pretextos. Pero qué tal si lo rezamos de camino al trabajo, de camino a la escuela, mientras hago ejercicio, mientras hago el aseo de la casa, suena algo extraño pero es posible.

 

Será un reto para las generaciones actuales y futuras seguir practicando esta devoción; los jóvenes o adolescentes incluso adultos catalogan la piedad popular como algo retrograda y pasado de moda, como algo para señoras piadosas, para quienes se creen santitos… y cuanto mal se hace con ello a nuestra Iglesia. La Santísima Virgen nos llama pues a que recurramos a su maternal auxilio y a volver el corazón hacia Dios. Nada más y nada menos en las apariciones de Fátima, con cuánta insistencia les pedía a aquellos pastorcitos que siguieran rezando el Santo Rosario para que el mundo obtuviera la paz.

Hermanos, hagamos un análisis personal de lo que nos deja el rezo del rosario en nuestra vida, algunos dirán: me deja una paz incomparable, una alegría indescriptible, me hace confiar mi vida en manos de Dios y de la Virgen María. Y lo esencial, es que aquello que yo experimente lo lleve a las obras, que no me quede únicamente en el mero sentimiento, sino que en mi actuar refleje los frutos obtenidos con esta oración. Incluso la misma Madre de Dios ha hecho promesas a quienes con verdadera devoción y libre voluntad hagan de esta práctica algo constante.

 

«En el Rosario he hallado los atractivos más dulces, más suaves, más eficaces y más poderosos para unirme con Dios» –Santa Teresa de Ávila.

Edgar Alejandro Morquecho Cortez

¡Creo en la vida eterna!

¡Creo en la vida eterna!

¡Creo en la vida eterna!

Teología

Sin  duda, que un tema algo complicado de abordar tanto para la filosofía como para la teología es el de la vida después de la muerte. En el caso de la teología conocemos la realidad de la vida después de la muerte por la revelación, pero aun así no la podemos comprender de una manera clara y total, por las limitaciones actuales de nuestro tiempo y espacio e inclusive del mismo lenguaje que no logra comprender en totalidad estas realidades sobrenaturales. Por tanto, el hilo conductor de este articulo se centrará en considerar lo ya dicho por el Magisterio y la Tradición sobre estas realidades últimas que popularmente se les conocen como postrimerías.

Esta afirmación es tan esencial para comprender el alcance de la esperanza del cristiano de esta realidad última, ya que, en el credo cristiano, se afirma que: el hombre ha sido hecho para la vida, que alcanzará su culmen en la contemplación gozosa de Dios. Este creer en la vida eterna se realiza en la plena libertad del hombre, ya que él, puede aceptar o no este don. Es por eso que se entiende la condenación no como una acción injusta de Dios sino como el “no” del hombre a la autodonación de Dios.

En nuestro contexto actual, y haciendo un balance de la cuestión, nos encontramos con una cultura que no acepta la muerte, que trata de eliminarla de su vida como esa realidad tesionante que es; o  si no se le elimina se le satiriza para hacerla parecer tan débil, y ajena a la vida del hombre. El campo actual de la teologia de la muerte busca acercarnos a la humanización de la muerte nuevamente, no verla como una realidad ajena a la vida del hombre, sino como una realidad tan humana e inevitable para todos, qué hay que enfrentarla con confianza y certeza de que saldremos victoriosos por la gracia de Cristo. Por tanto, un reto para nosotros hoy es humanizar la muerte nuevamente, ya que, su deshumanización lleva a la deshumanización de la vida.

Creer en la vida eterna finalmente, nos sitúa en que seremos juzgados, de una manera personal y colectiva. En la muerte que  pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). Es muy importante entender el juicio final como ese tiempo de la cosecha en el cual, se nos juzgara  de acuerdo a nuestra vida en Cristo. Y entonces, recibiremos el premio o el castigo que libremente optamos. San Juan de la Cruz expresa con una tremenda certeza que en el “en el ocaso de nuestra vida seremos juzgados en el amor”. 

La tradición de la Iglesia al unísono sitúa que el resultado del juicio particular en el cual cada hombre ha de presentarse se resumirá en salvación (cielo y purgatorio) o condenación. Finalmente el juicio Universal será hecho a toda la humanidad, en el cual, todo será recapitulado en Cristo. 

 

CIELO

Es un hecho innegable, tal como afirma el catecismo de la Iglesia Católica que  los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4).  Pero para entender esta realidad del cielo y verla de una manera correcta,  es preciso en primer lugar, entender el término «cielo», que refleja de modo natural la fuerza simbólica del «arriba», de la altura, la tradición cristiana se sirve de este término  para expresar la plenitud definitiva de la existencia humana gracias al amor consumado hacia el que se encamina la fe. Entender cielo de esta forma nos orienta a  no  perdernos en fantasías exaltadas sino conocer con más profundidad la oculta presencia que nos hace vivir de verdad y que, sin embargo, continuamente dejamos que nos la tape lo aparente, apartándonos de ella.

El hombre está en el cielo cuando y en la medida en que se encuentra con Cristo, con lo que halla el lugar de su ser como hombre en el ser de Dios. Así que cielo es primariamente una realidad personal que lleva para siempre la impronta de su origen histórico en el misterio pascual de muerte y resurrección.  Entender el cielo como una realidad  de esta forma nos sitúa el aspecto cristológico y eclesiológico del mismo cielo. Ya que en él, se conjugan la victoria de Cristo en su Misterio Pascual y si el cielo se basa en el existir en Cristo, entonces implica igualmente el estar con todos aquellos que en conjunto forman el único cuerpo de Cristo. En el cielo no cabe aislamiento alguno. Es la comunión abierta de los santos y, de ese modo, también la plenitud de todo coexistir humano, plenitud que es consecuencia de la pura apertura al rostro de Dios, y no concurrencia hacia ella.

Antiguamente se hablaba de que el camino al cielo se llegaba de una manera más fácil para determinados estados de vida, hoy la reflexión teológica que hemos madurado paulatinamente por medio del Concilio Vaticano II, nos hace ver que el llamado a la santidad es universal y que Dios en su infinita creatividad suscita caminos que ni nosotros nos imaginamos.

Finalmente, concluimos este apartado  considerando al cielo en cuanto tal, como una realidad «escatológica», en una doble significación, ya que  el cielo es la manifestación de lo definitivo y totalmente otro. Su definitividad procede del carácter definitivo del amor de Dios, amor irrevocable e indivisible. El cielo se nos presenta como realidad o fruto de la gracia y de la libertad  personal, pero también como el fín al que esta llamada toda la creación en la consumación de los tiempos (Parusía).

Esta realidad que conocemos como purgatorio es compleja de entender, ya que no es un inter entre el cielo y el infierno ni mucho menos un estado definitivo del alma que llega a él; la manera correcto de entenderlo es, en primer lugar como lo señala el Catecismo de la Iglesia Católica: como ese lugar de purifición final de los elegidos que es completamente  distinto del castigo de los condenados. los que llegan al purgatorio son los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque claro, están seguros de su eterna salvación, por tanto, para ellos el purgatorio se convierte  en una oportunidad de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría o beatitud del cielo.

La existencia de este estado de purificación es ampliamente respaldado por la tradición de la Iglesia y la Sagrada Escritura, la cual, a menudo alude a esté como un “fuego purificador”.

Finalmente como ultima consideración de este estado, la manera de purificarse y por ende, de salir del purgatorio, es por medio principalmente de la Iglesia militante o sea, la Iglesia de todos nosotros, los cristianos de esta época. La Escritura y la Tradición de la Iglesia, nos invitan continuamente a orar por los difuntos. La Iglesia  desde los primeros tiempos, ha honrado y ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio Eucarístico, para que una vez purificados, puedan llegar los difuntos a la visión beatifica de Dios. La iglesia además aprueba y recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia a favor de los difuntos.

INFIERNO

Como ultima realidad o postrimería que hay, está el infierno el cual es consecuencia del  mismo obrar del hombre, que de una manera libre y consciente elige no amar a Dios.  Y no se ama a Dios cuando se peca gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos. Esta puntualización ya la había dejado muy clara el apóstol san Juan: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna y permanece en él”  (1Jn 3, 14-15).

La Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y  y allí sufren las penas del infierno. El infierno es el lugar del castigo, en el cual, la principal pena estriba en la separación  eterna de Dios, por la propia autoexclusión del hombre que se niega a acoger el amor  misericordioso de Dios y se obstina en el mal camino. 

Finalmente, la invitación que hace la Sagrada Escritura y la Tradición respecto a esta realidad es la de la responsabilidad personal y el llamamiento apremiante a la conversión, ya que Dios no predestina a nadie al infierno, sino que el hombre de una manera aberrante se aleja de Dios hasta el final.

Para el cristiano la vida se presenta como una oportunidad de encuentro con el Señor, no movido por el miedo al infierno, sino por el amor que llama a cada uno a luchar para conquistar el Reino.

Josué Oswaldo Bárcenas Hernández