“El don de la Eucaristía, el Sacerdocio y el mandato del Amor”.
JUEVES SANTO
PBRO. JUAN JOSÉ GONZÁLEZ PARADA
ESPIRITUAL ETAPAS SÍNTESIS VOCACIONAL Y CONFIGURADORA
Homilía Jueves Santo
En La Última Cena Jesús nos dejó el corazón mismo de la vida cristiana, podemos resumirlo en tres grandes dones, la Eucaristía, el Sacerdocio y el mandato del Amor.
Jesús se queda para siempre con nosotros como alimento en la Eucaristía cuando dice; “Este es mi Cuerpo… esta es mi Sangre”. Y así en este misterio en que Jesús se hace realmente presente, se entrega como alimento por amor a nosotros.
Actualmente nos referimos a la Eucaristía con cierto escepticismo cuestionando la presencia real de Jesucristo, debido a una falta de formación
catequética, a ciertas influencias culturales y así se ve la Eucaristía como un mero trámite para ciertas celebraciones sociales.
Decía el Papa Benedicto XVI, «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida”. (Deus Caritas Est, 1), en este sentido el encuentro personal con Cristo nos hará vivir su presencia en la Eucaristía.
Otro don es el sacerdocio, cuando Jesús dijo; “hagan esto en memoria mía”, confiando en los apóstoles la misión de hacer presente la Eucaristía y su sacrificio redentor a lo largo del tiempo. El sacerdote es un hombre tomado entre los hombres para que Cristo siga partiendo el pan y tocando los corazones.
El sacerdote por lo tanto no actúa por sí mismo, sino en la persona de Cristo para anunciar la Palabra, celebrar los sacramentos, especialmente la eucaristía, la reconciliación y pastorear al pueblo de Dios.
Hoy en día el sacerdote es cuestionado sobre su función sacramental minimizando su presencia y poder sacramental, la teología enseña que el sacramento es eficaz por el poder de Dios (ex opere operato) independientemente de la santidad del ministro.
Y por último nos dejó el don del amor, cuando decimos que se entregó “hasta el extremo”, no hablamos solo de sufrimiento físico, sino de un amor que no se detuvo ante el rechazo, la traición ni el abandono. Amó incluso cuando no fue correspondido.
Vivir el amor que Cristo nos dejó es uno de los llamados más altos, pero también uno de los más desafiantes. No porque sea un ideal inalcanzable, sino porque toca lo más profundo de nuestra humanidad. Amar como Él amó implica salir de la comodidad, vencer el egoísmo y aprender a poner al otro en el centro de nuestra relación.
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